Figura central en este régimen de terrorismo estatal, racismo sistémico, detenciones masivas, deportaciones y criminalización de la disidencia, Miller ha sido la fuerza motriz detrás de las políticas más represivas de Trump. Durante el primer mandato de Trump fue el autor del veto musulmán, de la política de separación familiar y de ataques al derecho de nacimiento, todo ello enraizado en una visión abiertamente supremacista y eugenésica. En el segundo mandato, ha emergido como el arquitecto de medidas aún más draconianas, impulsando deportaciones masivas, la abolición del derecho de nacimiento y la revocación de la ciudadanía naturalizada a quienes queden fuera de su visión de un país reservado a los blancos cristianos.
Jonathan Blitzer, en The New Yorker, se queda corto al subestimar la profundidad de la ideología supremacista blanca de Miller y su odio virulento hacia las personas inmigrantes cuando afirma que “la obsesión de Miller por restringir la inmigración y castigar a los inmigrantes se ha convertido en el rasgo definitorio de la Casa Blanca de Trump”. Aunque esta observación se hizo durante el primer mandato, hoy está claro que Miller ya era el principal arquitecto de un Estado policial emergente, un proyecto que ahora ha quedado plenamente al descubierto.
Bajo su influencia, el engranaje del ICE se convirtió en un instrumento de miedo y terror racial. Sus agentes, envalentonados por su retórica, acosaron, detuvieron y secuestraron a inmigrantes -personas marcadas por cuerpos negros y morenos, cuya mera presencia era tratada como un delito en sí misma-. La política se transformó en performance y el discurso fue armado hasta volverse ritual. Las “operaciones de control” del ICE escalaron con una precisión escalofriante, irrumpiendo en restaurantes, granjas y centros de trabajo en todo el país, con arrestos que en ocasiones superaban los dos mil al día. Lo que comenzó como una actuación administrativa metastatizó en una política de intimidación y espectáculo: una exhibición calculada de poder destinada a criminalizar la vulnerabilidad y a convertir la compasión en sospecha.
La propia presencia de Miller evoca la mecanización fría de una máquina, un cuerpo vuelto contra sí mismo, que se mueve sin ritmo, empatía ni gracia
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Esta brutalidad orquestada reflejaba no solo su ideología, sino también su personalidad. Incluso antiguos colegas lo describieron como insufrible: “grosero, arrogante y consumido por un sentimiento de superioridad”, según informó Yahoo News. En el Capitolio era ampliamente despreciado, y cada interacción estaba marcada por la condescendencia y el rencor. El desprecio que mostraba en las conversaciones se reflejaba en el desprecio que codificaba en la ley. El carácter de Miller se convirtió en política: su arrogancia se tradujo en autoritarismo, su desprecio en crueldad y su ansia de dominación en el andamiaje de un Estado policial.
La propia presencia de Miller evoca la mecanización fría de una máquina, un cuerpo vuelto contra sí mismo, que se mueve sin ritmo, empatía ni gracia. Su presencia parece ingenierizada: fría, marcada y vaciada, el cuerpo convertido en instrumento de mando. Es como si la guerra dentro de sí mismo se hubiese perdido hace tiempo: una guerra contra la vulnerabilidad, la imaginación y la capacidad de sentir, quedando un hombre blindado contra la propia vida. El célebre psicólogo Wilhelm Reich habría reconocido en Miller los síntomas clásicos de lo que llamó “acorazamiento del carácter”: una coraza psíquica formada por la represión, que se manifiesta en el cuerpo como rigidez, tensión y muerte de la espontaneidad. Sus movimientos son tensos, su habla metálica, su actitud desprovista de calidez o ritmo. No son meras manías: son las cicatrices visibles de una conciencia sellada de la empatía y petrificada por la ideología.
El autoritarismo de Miller no es solo intelectual o político: es somático, grabado en su propia postura, un cuerpo que se ha convertido en su propia prisión, la forma exterior de una desolación interior. Para Reich, el origen de este problema “no residía principalmente en los individuos, sino que era una condición fabricada a través de las instituciones del capitalismo”. Lo que Reich vio como fabricación social de la represión se convierte en Miller en una performance de ella. Su rigidez ya no está oculta: se exhibe, se dramatiza y se convierte en arma. Esta fusión de carácter y poder revela el núcleo teatral de su política: un temperamento autoritario que prospera en la representación, en convertir la brutalidad en espectáculo y el gobierno en un escenario para la dominación.
Esta política de la performance no era abstracta: era pedagógica. Enseñaba a la nación a equiparar la crueldad con fortaleza mediante el espectáculo de redadas y expulsiones. Pero estas redadas eran más que actos burocráticos de control: eran coreografías de terror y dominación, puestas en escena para instruir al público en la pedagogía de la crueldad, el racismo y el odio a la democracia. Cada acto de violencia estatal se convertía en una forma de teatro político diseñada para transformar el miedo en consentimiento y el sufrimiento en prueba de poder. La perversa lucidez de Miller reside en reconocer que el fascismo no solo impone obediencia: la escenifica.
Tras perfeccionar el teatro de la violencia estatal, Miller extendió su alcance a otro terreno: el del lenguaje. La política se convirtió en performance y el discurso en arma. A través de mentiras, metáforas deshumanizadoras y retórica apocalíptica, transformó la esfera pública en escenario de una política de venganza: un espectáculo de violencia lingüística que normaliza el odio, alimenta la supremacía blanca y convierte la crueldad no solo en permisible, sino en celebrada.
Miller es también un fanático anticomunista, que utiliza el término “comunista” como insulto contra casi cualquier crítico, político o institución que desafíe las políticas autoritarias de Trump. Esto quedó plenamente expuesto en un arrebato en la Union Station de Washington D.C. el 20 de agosto de 2025. Al detenerse en un Shake Shack junto al vicepresidente J.D. Vance y el secretario de Defensa Pete Hegseth durante una visita a tropas de la Guardia Nacional, Miller arremetió contra los manifestantes que los increpaban, declarando:
Son ellos los que llevan años defendiendo al uno por ciento. Son criminales, asesinos, violadores y narcotraficantes. Y me alegro de que estén aquí hoy, porque Pete, el vicepresidente y yo nos iremos de aquí y, inspirados por ellos, vamos a destinar miles de recursos más a esta ciudad para sacar a los criminales y a las bandas. Vamos a desactivar esas redes y vamos a demostrar que la ciudad puede servir a los ciudadanos respetuosos de la ley. No vamos a permitir que los comunistas destruyan una gran ciudad estadounidense, y mucho menos la capital de la nación… Así que vamos a ignorar a estos hippies blancos estúpidos, que deberían irse a casa a echarse la siesta porque todos tienen más de 90 años, y vamos a seguir protegiendo al pueblo estadounidense y a los ciudadanos de Washington D.C.
Aquí, el insulto “comunistas” no nombra una ideología: opera como un estigma, una letra escarlata de traición diseñada para criminalizar la protesta y borrar la disidencia. La resurrección de la retórica macartista por parte de Miller impregna gran parte del discurso de Trump sobre sus supuestos “enemigos internos”. Estos ataques iluminan cómo el discurso de Miller fusiona el pánico moral con la estrategia política, convirtiendo la propaganda en el rostro público de la represión.
Miller ha institucionalizado su visión reaccionaria mediante la creación de America First Legal, una organización ultraconservadora diseñada para convertir los tribunales en armas contra las políticas progresistas
Famoso por sus ataques rabiosos a las personas inmigrantes y, más recientemente, a las personas trans, Miller ha sido durante mucho tiempo el arquitecto ideológico del fascismo trumpista. No solo es un extremista antiinmigración, también es un nacionalista blanco. No sorprende que apoye con entusiasmo la deriva dictatorial de Trump y que haya declarado públicamente “que solo un partido debería poder ejercer el poder en EE.UU.”. Añadió además que “el Partido Demócrata no es un partido político; es una organización extremista doméstica”.
Miller ha institucionalizado su visión reaccionaria mediante la creación de America First Legal, una organización ultraconservadora diseñada para convertir los tribunales en armas contra las políticas progresistas. A través de una avalancha de demandas, ha tratado de desmontar protecciones de derechos civiles, atacar los programas de diversidad e inclusión y revertir logros conseguidos por mujeres, comunidades LGBTQ+ y personas racializadas. Así, durante la presidencia de Biden, Miller extendió su autoritarismo más allá de la retórica y la política: le dio músculo jurídico, transformando la intolerancia en lawfare e incrustando la ideología nacionalista blanca en la maquinaria del Estado.
El racismo y el nativismo de Miller animan tres pilares entrelazados de este proyecto. Primero, insiste en que todos los inmigrantes son criminales, aptos únicamente para la expulsión o el encarcelamiento. Segundo, presenta el ataque a la inmigración como la base para erigir un Estado policial que erosiona la justicia, la verdad, la moral y la libertad misma. Tercero, se ha convertido en una fuerza líder en la guerra contra la educación pública y superior, calificándolas de “cultura cancerígena, comunista y woke que está destruyendo el país”. Este lenguaje, que hace eco del léxico de Trump, es un código para desmantelar las posibilidades críticas, inclusivas y democráticas de la educación: la oportunidad de que estudiantes diversos aprendan, cuestionen y actúen como agentes de una sociedad democrática.
Esta lógica de purificación se extendió más allá de las fronteras y del lenguaje; invadió las aulas, los currículos y los procesos de admisión. Para Miller, las escuelas no deben cultivar la conciencia crítica, sino adiestrar a los niños en patriotismo, reverencia acrítica hacia Estados Unidos y hostilidad hacia la “ideología comunista”. Los detalles de este asalto pedagógico resultan inquietantemente familiares: prohibición de libros, blanqueamiento racista de la historia, abolición de la pedagogía crítica y vaciamiento de la capacidad de pensar de forma informada y ética. Lo que emerge es una pedagogía de la represión basada en la crueldad, que busca borrar la memoria histórica, extinguir los valores democráticos y convertir la educación en una fábrica de adoctrinamiento.
Lo más aterrador del discurso de Miller no es solo su celebración de la pureza política llevada al extremo, sino su odio virulento hacia la educación misma: hacia el pensamiento, la reflexión y la agencia moral
El discurso delirante de Miller sobre “enseñar a los niños a amar América” podría haberse extraído íntegramente de la cultura fascista de los años treinta. Rezuma fanatismo ideológico, furia deshumanizadora, ignorancia extática y rigidez paranoica, todo ello entrelazado por un torrente de mentiras. El espíritu febril de odio, mito y corrupción moral que encarna no solo recuerda al fascismo: es su reencarnación. Lo que presenciamos no es retórica política, sino el lenguaje de la purificación, la desaparición, el secuestro y el desprecio que antaño pavimentó el camino al Estado nazi.
Lo más aterrador del discurso de Miller no es solo su celebración de la pureza política llevada al extremo, sino su odio virulento hacia la educación misma: hacia el pensamiento, la reflexión y la agencia moral. Desprecia cualquier institución o idea capaz de generar conciencia crítica, coraje cívico o empatía basada en la responsabilidad hacia los demás. Sus palabras apestan a miedo: miedo al conocimiento, a la imaginación, a la justicia, a la democracia. Es la fusión impía de la furia racial de George Wallace y el celo propagandístico de Joseph Goebbels, una figura en la que el fanatismo y el odio convergen, resucitando el fantasma de la supremacía blanca en su forma más pura y vengativa.
El nacionalismo tóxico de Miller —arraigado en la supremacía blanca y el desprecio hacia cualquiera que desafíe su visión de una “América solo para estadounidenses (blancos)”— se ha convertido en un plano y un permiso para la siguiente generación de extremistas de derecha. Su retórica da cobertura moral y legitimidad ideológica al creciente ejército de jóvenes MAGA que traducen su dogma en fascismo abierto. Politico reveló recientemente chats filtrados entre líderes de organizaciones de Jóvenes Republicanos que parecen el espejo oscuro de la visión de Miller: diatribas racistas llenas de chistes sobre cámaras de gas, esclavitud y violaciones; declaraciones como “me encanta Hitler” e insultos que describen a las personas negras como monos y “gente sandía”. Citando a Jason Beeferman y Emily Ngo en Politico: “Hablaron de violar a sus enemigos y llevarlos al suicidio, y ensalzaron a republicanos que, según ellos, apoyaban la esclavitud”.
Esto es barbarie encarnada: una performance grotesca de crueldad disfrazada de convicción, ignorancia convertida en ideología. Y lo que debería alarmarnos más es cómo este discurso fascista, antes impensable, circula ahora abiertamente, validado, amplificado y repetido en los niveles más altos de poder. En esta atmósfera envenenada, el silencio deja de ser neutral: se convierte en complicidad. La corrosión de la cultura democrática avanza no mediante golpes de Estado o decretos espectaculares, sino a través de algo más lento e insidioso: la normalización progresiva de la crueldad, el vaciamiento de la verdad y la muerte de la conciencia disfrazada de patriotismo. El terror que Miller encarna no se limita a un hombre o una ideología: se ha convertido en la gramática de un movimiento político, el lenguaje compartido del autoritarismo en su nueva forma estadounidense.
Las implicaciones de la retórica de Miller van mucho más allá de su propia crueldad: revelan la maquinaria cultural que permite que semejante barbarie parezca ordinaria. Es crucial entender que el lenguaje y la política reaccionaria de Stephen Miller no pueden descartarse como una cuestión de patología personal o temperamento. Aunque su fanatismo, racismo y nacionalismo blanco son indiscutibles, lo que exige atención son las condiciones históricas y políticas que permitieron que una figura así alcanzara poder, que dieron a su veneno un atractivo masivo y que normalizaron su presencia no solo como operador político, sino como síntoma y símbolo del malestar más profundo que aflige al cuerpo político estadounidense. Miller no es meramente un fanático aislado: es un espejo que refleja a una nación que ha cultivado durante décadas el terreno en el que arraiga el autoritarismo.
Centrarse en Miller es examinar una historia que revela una narrativa mayor: la lenta muerte de la idea -si no de la práctica- de la democracia estadounidense. Es más que un agente solitario de la actual contrarrevolución; es más que otro extremista traficando con lo que podría llamarse delirio apocalíptico. Miller representa la encarnación en el siglo XXI del sujeto fascista que ha acechado la historia estadounidense desde sus inicios: una figura nacida del miedo, del resentimiento y de la instrumentalización de la ignorancia.
No es simplemente un fanático más del movimiento MAGA que pavimenta la fantasía trumpista de un “Reich unificado”: es la encarnación de lo que la nación corre el riesgo de convertirse. Miller es síntoma y señal, un espejo que refleja la descomposición moral y política en el corazón de la vida estadounidense. El fascismo no llega como una tormenta desde fuera: germina en las sombras de historias olvidadas, en crueldades no reconocidas, en silencios que confunden la complicidad con la paz. La ideología de Miller no se lleva como un uniforme: está inscrita en su propio cuerpo, lo que Adorno llamó segunda naturaleza o historia sedimentada: la forma en que la dominación se filtra bajo la piel, convirtiendo la ideología en hábito y el hábito en necesidad. Necesidades que, lejos de ser naturales, son el resultado de años de condicionamiento pedagógico y cultural, de prácticas sociales que enseñan a desear la propia servidumbre. Afrontarlas exige más que el despertar de una conciencia crítica: requiere una pedagogía capaz de perturbar los propios sedimentos psíquicos y corporales a través de los cuales el poder se reproduce. La liberación, si quiere perdurar, debe alcanzar no solo la mente sino la médula: debe educar el deseo.
La presencia y la voz de Miller revelan, así, algo más que la muerte de la conciencia: exponen la estafa de un futuro ya en marcha, un futuro que debe ser nombrado, comprendido y resistido antes de que se convierta en nuestro destino colectivo. La América de Miller no es un destino: es una advertencia. Que esa advertencia se convierta en profecía cumplida o en recuerdo resistido dependerá de si la conciencia es aún capaz de encontrar su voz y de si un movimiento de resistencia de masas puede devolver el poder al coraje cívico en una nación que ha olvidado ambos.
Henry A. Giroux
Fuente: https://mronline.org/2025/10/24/stephen-miller-and-the-making-of-the-fascist-subject/
Foto tomada de: https://mronline.org/2025/10/24/stephen-miller-and-the-making-of-the-fascist-subject/

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