REPARTO: Russell Crowe, Rami Malek, Leo Woodall, John Slattery, Mark O’Brien, Richard E. Grant, Michael Shannon
En la primera parte de mi escrito quiero explicarles la trayectoria de mi relación con el cine, para que puedan percibir la importancia que ha tenido a lo largo de mi vida y por qué es un tema sobre el que disfruto escribir, al igual que el arte.
El cine llegó a mi vida como un umbral hacia mundos que no existían para mí, pero que sentía como propios. Desde muy pequeña, frente a mi casa de infancia llamada “El Vaticano” en Bucaramanga (Colombia), ciudad donde nací y viví hasta los 11 años, cruzaba la calle hacia el Teatro Unión, que quedaba justo enfrente. Un lugar dónde cada domingo, acompañada de mi primo César Martínez, me sumergía en historias que mezclaban la realidad con la fantasía. El olor de las palomitas, los murmullos de las familias, la luz que se apagaba y la pantalla que se encendía se convirtieron en la banda sonora de mi infancia. Allí aprendí que el cine entretiene y enseña a mirar el mundo con ojos más atentos, vivos y humanos, y que incluso la vida misma puede desplegarse como una película frente a tus ventanales: risas, gritos, manifestaciones, humo y alegría se entrelazaban en la memoria de esos años.
Años más tarde, esa pasión tomó forma en Barcelona, donde durante dieciséis años dirigí el Festival de Cine Colombiano de Barcelona: La Diáspora, un espacio que se convirtió en puente entre culturas y espejo de nuestra tierra, mostrando su diversidad, riqueza y heridas. Trajimos a la ciudad a directores como Sergio Cabrera, Luis Ospina, Ciro Guerra, Víctor Gaviria, Carlos Moreno, Marta García, documentalista, y una larga lista de creadores, directoras e intelectuales como William Ospina, entre muchos otros, así como voces emergentes que hoy brillan en festivales internacionales. Las películas se proyectaron en Cinemes Girona, Casa América Catalunya, CCCB, Filmoteca de Catalunya, Espai Avinyó, entre otros espacios emblemáticos de la ciudad condal, y nuestro trabajo contó con cobertura de medios de referencia como La Vanguardia, Barcelona TV, Time Out Barcelona, entre muchos otros, consolidando el festival como un referente cultural imprescindible.
Es desde esta trayectoria, entre bambalinas, pantallas, debates y aplausos, que hoy escribo de tanto en tanto, crítica de cine por placer personal, cuando una película me impacta. No lo hago solo como espectadora, sino como alguien que ha vivido el cine desde dentro: conectando historias con públicos, curando emociones y recreando memorias. Mi mirada nace de esa vida profundamente arraigada al arte y al cine, entendidos no solo como disciplinas, sino como formas de sentir, pensar y compartir el mundo, desde los balcones del Vaticano hasta las salas más emblemáticas de Barcelona http://diasporabarcelona.com/2018
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Dicho esto, a continuación, les presento mi última crítica de cine: “Crítica a la película Núremberg”, del director James Vanderbilt, bajo el título “La normalidad sofisticada del mal”.
Al ver “Núremberg”, no es la brutalidad explícita ni los crímenes en sí mismos lo que golpea con más fuerza, sino la “normalidad refinada” con la que Hermann Göring, el segundo hombre más importante dentro del nazismo después de Hitler, transita por la pantalla. No se presenta como un monstruo grotesco, sino como un hombre culto, educado y sorprendentemente carismático, capaz de seducir, bromear y manipular, incluso frente a los fiscales que lo acusan. Esta aparente normalidad es precisamente lo que hace que su mal sea tan inquietante: un hombre inteligente, con gusto por el arte y la estética, con formación militar, que conoce perfectamente la historia y la política y que, aun así, decide actuar con plena conciencia para destruir, subyugar y dominar.
La película captura esta paradoja con una sutileza admirable. Los silencios, las pausas dramáticas y los gestos calculados de Göring -representado por Russell Crowe- construyen un retrato de “un mal racional y sofisticado”, que sabe jugar con el escenario, con sus compañeros acusados y con los jueces. No hay gestos exagerados ni gritos histéricos: solo hay “una normalidad seductora”, que en realidad es la fina capa que oculta una brutalidad calculada y planificada.
Es este contraste lo que provoca verdadera incomodidad. Nos obliga a mirar el mal sin filtros ni caricaturas: a entender que su peligrosidad no proviene de la ignorancia ni de la locura, sino de una lucidez moralmente corrupta. Göring nos recuerda que el mal puede ser elegante, racional e incluso encantador, y que esta apariencia de normalidad lo hace mucho más difícil de detectar y combatir.
En última instancia, la película nos deja con una reflexión inquietante: el terror más grande no siempre es el que grita, es el que sonríe mientras actúa, el que sabe hablar bien, seducir y dominar sin que su monstruosidad inmediata sea evidente. Y esta, precisamente, es la razón por la que la interpretación y la construcción del personaje en la película son tan impactantes: porque nos obligan a reconocer que la sofisticación y la cultura no son garantía de bondad, sino que pueden ser armas igualmente devastadoras como tantas otras.
El director nos introduce en este maquiavélico juego y en la película hay momentos en los que uno puede sentir cierta simpatía por Göring. Esto no es casualidad; es un efecto planificado por James Vanderbilt -el director de la película-, quien eligió a Russell Crowe para interpretarlo. Crowe, conocido y amado por su papel protagónico como Máximo Décimo Meridio en la película “Gladiador”, proyecta un carisma y una humanidad que en “Gladiador” lo convirtieron en un héroe épico: Máximo es valiente, defensor de sus gladiadores, fiel a su familia y capaz de sacrificarse por honor y justicia. Su físico imponente, su mirada intensa y su habilidad para transmitir emociones profundas generan empatía inmediata en el espectador.
El contraste entre Máximo y Göring es fascinante. En Gladiador, Crowe interpreta a un personaje moralmente íntegro, cuya fuerza y liderazgo son admirables y éticamente incuestionables. En la película Núremberg, esas mismas cualidades físicas y carismáticas se transforman: Crowe convierte a Göring en un hombre seductor y magnético, aunque moralmente corrupto. Esta dualidad genera un efecto perturbador: el espectador se siente atraído y repulsado al mismo tiempo, comprendiendo que la apariencia, el encanto y la inteligencia pueden servir tanto para el bien como para el mal. La elección del director de la película Núremberg, de Russell Crowe como protagonista representando a Göring subraya este dilema, mostrando cómo la percepción del mal puede ser compleja y sofisticada, y cómo el talento del actor permite explorar esa ambigüedad con profundidad y realismo.
Douglas Kelley y la normalidad del mal
Douglas M. Kelley, el psiquiatra estadounidense asignado a evaluar a los jerarcas nazis antes de los Juicios de Núremberg, aporta una perspectiva que profundiza aún más en la inquietante normalidad del mal. En su libro “22 Cells in Nuremberg”, y en sus informes, la frase recurrente es que estos hombres eran “simplemente criaturas de su entorno”: no eran monstruos fuera de la realidad humana, sino individuos capaces de actuar con brutalidad cuando una ideología, una estructura de poder y un contexto social se lo permitían. Esta constatación desafía la percepción popular de los nazis como “locos criminales”; Kelley determinó que la mayoría, incluido Göring, “no eran psicóticos ni carecían de responsabilidad”, sino personas inteligentes, funcionales, carismáticas y moralmente responsables de sus actos. Gracias a esta visión, pudieron ser juzgados como “actores conscientes de sus crímenes y ser juzgados y condenados”, y no como enfermos mentales.
El estudio de Kelley demuestra que “personas aparentemente normales pueden cometer atrocidades excepcionales”. Su trabajo “desafía la explicación simplista del mal como enfermedad mental”, mostrando que la maldad puede residir en individuos racionales y funcionales, lo cual resulta profundamente inquietante. La relación entre Kelley y Göring ejemplifica esta idea: el mal no es grotesco ni irracional, sino “funcional, inteligente y deliberado”. Para Kelley, esta confrontación fue un choque moral y psicológico, al descubrir que alguien tan “normal” podía ser responsable de crímenes masivos, poniendo a prueba su comprensión de la naturaleza humana y la responsabilidad ética.
En sus observaciones, Kelley subraya que los jerarcas nazis eran “humanos normales” bajo ciertos estímulos” y que la capacidad de participar en horrores como el nazismo “no era algo alieno a la humanidad”, sino que podía existir en cualquier sociedad, incluida la de Estados Unidos. Las estructuras sociales, las ideologías totalitarias y el fanatismo podían crear condiciones que fomentaran este tipo de comportamiento.
Las ideas clave de Kelley son esenciales para comprender la película y la historia:
“Los principales criminales nazis no estaban mentalmente enfermos.
“El mal puede ser “racional, inteligente y deliberado”.
“El contexto social y las ideologías pueden llevar a personas normales a cometer actos atroces.
“No existe un “perfil malvado” universal: el peligro radica en los humanos comunes dentro de un contexto destructivo.
Esta perspectiva añade una dimensión profunda a la película “Núremberg”: no solo se trata de juzgar la crueldad de los acusados, sino de “reflexionar sobre la banalidad y sofisticación del mal”, y sobre cómo la sociedad puede crear las condiciones para que incluso personas aparentemente normales se conviertan en perpetradores de atrocidades.
Sandra Campos L
Foto tomada de: El Español

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