A menudo se describe la región en términos de ciclos de izquierda y derecha, un péndulo que oscila entre la redistribución y la liberalización. Esa historia oculta lo que ahora anima la política más que cualquier otra cosa: el miedo generalizado a la inseguridad. Desde Santiago hasta Bogotá y San Salvador, los votantes no premian ni castigan a los gobiernos por motivos ideológicos.
Lo que se están planteando es una pregunta más sencilla y contundente: ¿quién puede garantizar mi seguridad?
¿Por qué domina la seguridad?
La violencia y el crimen organizado han aumentado en gran parte de la región, erosionando la paciencia que los votantes alguna vez tuvieron con las reformas económicas o los experimentos sociales. Chile, conocido desde hace mucho por su estabilidad, ahora se enfrenta a un aumento de las tasas de homicidios y a las redes de crimen organizado. Colombia sigue luchando contra los guerrilleros disidentes y el narcotráfico a pesar de las promesas de paz. En Argentina, los votantes del presidente libertario Javier Milei consideran que la seguridad personal es un tema tan urgente como la inflación.
Estas presiones están consiguiendo que la ideología parezca secundaria. Las campañas siguen ensayando los debates habituales sobre el libre mercado y la redistribución, pero sobre el terreno, la inseguridad trasciende las clases y las identidades políticas. La clase media se preocupa por el robo de coches, los pobres por la violencia de las bandas y los ricos por los secuestros. El miedo es un denominador común.
Este cambio ha elevado a figuras que encarnan la seguridad ante todo. En El Salvador, el presidente Nayib Bukele ha convertido la brutal represión hacia las pandillas en una marca global de gobernanza. Los críticos califican sus tácticas de autoritarias, pero su índice de aprobación se dispara porque los votantes se sienten más seguros. En Chile, la agenda de reformas progresistas de Gabriel Boric ha chocado repetidamente con las demandas públicas de medidas más duras contra la delincuencia, lo que ha reducido su margen de maniobra política. El colombiano Gustavo Petro, elegido para traer la paz y la reconciliación, se enfrenta a una frustración creciente ante la persistencia de la violencia.
Incluso cuando los proyectos ideológicos cobran gran importancia, la seguridad los remodela. El radical experimento económico de Milei en Argentina se enmarca menos como una revolución libertaria que como un intento de restaurar el orden en un sistema caótico. En este sentido, la seguridad no se refiere sólo a la delincuencia, sino que se ha convertido en sinónimo de estabilidad, previsibilidad y control.
La nueva división política
Lo que surge no es tanto una contienda entre la izquierda y la derecha como una división entre los gobiernos que pueden proyectar seguridad y los que no pueden. Los líderes políticos acumulan ahora legitimidad no por su ideología, sino por su actuación en materia de orden público. La política de seguridad es a menudo performativa: soldados patrullando los barrios, retórica dura, demostraciones visibles de autoridad. Que estas medidas logren reducir la delincuencia a largo plazo es casi irrelevante; lo que importa es que parezca que se está haciendo algo.
Esto ha creado una nueva economía política en la que la seguridad funciona como moneda de cambio. Los candidatos comercian con promesas de control. Los gobernantes gastan su capital en despliegues militares o en leyes de vía rápida. Y los votantes, cansados de debates abstractos, premian a los actores que parecen más dispuestos a actuar con decisión.
El giro hacia la seguridad tiene un coste. La militarización puede proporcionar tranquilidad a corto plazo, pero puede erosionar las instituciones democráticas y debilitar la supervisión civil. Los gobiernos corren el riesgo de normalizar poderes de emergencia que perduren más allá de las emergencias. En muchos casos, la promesa de seguridad supera a la realidad; cuando la delincuencia persiste, las elecciones se vuelven aún más volátiles, ya que los votantes descartan a los líderes más rápidamente que antes.
Aun así, el patrón es inconfundible. En toda América Latina, la seguridad pública se ha convertido en la prueba decisiva para la autoridad política. Reestructura los proyectos ideológicos, eleva a figuras ajenas al sistema y provoca rápidos cambios en la legitimidad. Mientras que las generaciones pasadas juzgaban a los líderes por sus modelos económicos, los ciudadanos de hoy en día los evalúan en función de si pueden volver a casa sin miedo.
Si observamos las inquietantes protestas de Santiago, las frustraciones políticas de Colombia o las tentaciones autoritarias de El Salvador, la lección es clara. América Latina no está experimentando un simple giro hacia la derecha. Está experimentando un reajuste más profundo, en el que la seguridad ha sustituido a la ideología como moneda de cambio fundamental del poder político.
La inflación sigue siendo importante. El empleo sigue siendo importante. Pero el miedo es la moneda más fuerte de la región, y la que decide las elecciones.
Jeffery A. Tobin, socio y asesor-jefe de Pan-American Strategic Advisors, donde centra su trabajo en las tendencias democráticas, de corrupción y de seguridad en todo el hemisferio occidental.
Fuente: https://www.other-news.info/noticias/la-seguridad-como-nueva-moneda-politica-en-america-latina/
Foto tomada de: EFE
Deja un comentario