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La oposición ante la derrota y el Banco de la República neoliberal

6 abril, 2026 By Jaime Acosta Puertas Leave a Comment

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Los opositores al progresismo han entrado en un estado de esquizofrenia colectiva, entendida como un fenómeno sociológico y psicológico donde una parte de la sociedad rompe con la realidad y reacciona de forma histérica ante amenazas inexistentes. A través de redes sociales y medios de comunicación afines, amplifican estas narrativas, profundizando la fractura social y promoviendo un clima de desorden electoral para favorecer al neoliberalismo y a una oposición que pretende un resultado favorable que devuelva a Colombia al 2022 y más atrás.

Los partidos Liberal, Conservador, Centro Democrático, Cambio Radical y el Partido de la U, son maquinarias de corrupción que compran votos y corrompen los procesos electorales. Por eso el fraude en los escrutinios es únicamente contra el Pacto Histórico, por lo cual tuvo que crear una inmensa red de testigos electorales para vigilar el escrutinio de los votos y defender sus victorias.

Además, con un líder que está pendiente de una decisión ante la Corte Suprema de Justicia, la ultraderecha y los aspirantes del centro poco se diferencian en discursos y estrategias, porque todas y todos están contra el progresismo pues sienten encima el peso de una posible derrota.

Mientras tanto, para la mayoría de la ciudadanía la oposición lo que quiere es destruir por destruir al progresismo, al gobierno, al Pacto Histórico, y a su candidato Iván Cepeda.

Cualquier candidato de la oposición repite mucho de lo que dice y hace el gobierno progresista, y donde existen diferencias proponen volver al pasado desconociendo que el neoliberalismo de 1991 no es la opción en 2026. El modelo neoliberal llegó en el momento del auge del mercado y de las economías ilícitas, por eso, una economía sin control derivó en una ilegalidad sin control.

En 2002 el uribismo agitó una seguridad democrática que se convirtió en un genocidio a nombre de la democracia, el orden y la libertad; la cohesión social no fue cierto porque legisló en contra de los derechos, de la igualdad y del bienestar ciudadano; y la confianza inversionista fue para atraer capitales que sustituyan los escombros productivos que dejó la desindustrialización neoliberal, y generar condiciones para incorporar las economías ilícitas en la economía legal. Este discurso no es viable en 2026.

Retornar al pasado es llevar a Colombia a una nueva tragedia, y es la razón del desagrado de la gente con el centro representado por Claudia López y Sergio Fajardo, que con delicadeza se dirigen al uribismo, pero se manifiestan rudos contra el progresismo.

La ultraderecha está dividida y agotada, y el centro aboga contra la polarización y la división, pretendiendo un escenario político perfecto en un país que recién está encontrando un nuevo camino al futuro.

El Banco Neoliberal

La acción de la Junta Directiva del Banco de la República de subir dos puntos la tasa de interés en los primeros meses de 2026, fue una acción anticipada de bloqueo a la política económica. El Banco se unió a las Cortes y al Senado de la República para neutralizar la acción del gobierno, desconociendo que el apretón económico se debe a que negaron recursos frescos para cumplir con los compromisos de gobierno.

La economía, desde Gaviria hasta Duque, se pensó para importar y no para exportar. Es la diferencia de Colombia respecto a economías de mercado más avanzadas que transforman sus estructuras productivas con base en la fertilización entre producción, innovación, investigación, desarrollo tecnológico y educación, para impulsar procesos sostenidos de cambio en el sistema productivo, en la sociedad, en los territorios y en el Estado.

La fragilidad de la economía colombiana es obra y gracia del neoliberalismo que no ha podido hilar textos iluminadores, innovadores, duraderos y sinceros, porque no explican la razón de fondo de la baja productividad, la magnitud de las economías ilegales y cuáles sus impactos que distorsionan el comportamiento de la economía, y las fallas institucionales que al menos en los últimos treinta y cinco años derivaron en una corrupción extendida en la sociedad y en el poder.

Al desconocer su importancia cuantitativa y sus efectos en la producción y en la sociedad, sus lecturas de la economía, la sociedad, el conocimiento, la política y las instituciones, son incompletas y esconden muchas cosas en los indicadores que impiden encontrar un rumbo más despejado para Colombia.

Si le toman una ecografía a la facturación de las empresas, mostraría que el efecto combinado entre evasión, informalidad e ilegalidad, es monumental. Las bajas tasas de tributación son estructurales, vienen de atrás, y se debe a que las empresas evaden, la gente no pide la factura electrónica, y los grandes capitales pocos tributos pagan.

Entonces, hay una economía escondida que navega entre las actividades formales, informales e ilegales, y explica un crecimiento a nivel del promedio de América Latina, pero muy por debajo de las ascendentes economías asiáticas.

Sería bueno que la Junta del Banco explique los factores escondidos detrás de la inflación para justificar el aumento acelerado de las tasas de interés, y por qué la meta de inflación es del 3%, y no de 3.5, 4.0 o 4.5, como en muchos países. Se necesita una ley para que el Banco trabaje en tres grandes temas: inflación, empleo y productividad.

Cualquier acción desafortunada de las Cortes, del Senado y del Banco Emisor se enfrenta con la dinámica de las economías ilegales que no están explicadas en las medidas que tienen bloqueado al gobierno.

Una especie de economía de la hipocresía atraviesa las cuentas oficiales y las dinámicas del mercado y del poder. Las críticas al gasto del gobierno no son válidas si los otros dos poderes y el Banco, se niegan a entregarle recursos para cubrir déficits heredados e invertir en desarrollo y en las políticas sociales.

La economía que no ve la oposición

En los cuatro años del gobierno del Pacto, una economía formal, legal y más productiva está emergiendo: la agricultura crece por mayor productividad, demanda interna y exportaciones; el sistema de movilidad empieza a jalonar cambio tecnológico sostenible por los proyectos del tren. Asimismo, están los progresos con la energía solar; las nuevas fábricas en construcción para la producción nacional de medicamentos; los desarrollos de la industria militar con la producción de fusiles y carros blindados, el diseño y construcción de buques para propósitos de defensa, salud y regiones apartadas con grandes ríos, y una nueva fuerza aeroespacial, son acciones asociadas a la reindustrialización, que se suman a mayores inversiones en cultura y más cupos en la educación pública.

Son transformaciones que requieren de recursos humanos calificados, de nuevas tecnologías y de insumos para la producción en nuevas actividades.

Son dinámicas que se van agregando a la economía, y de lo cual no dan cuenta ni los analistas ni los medios de comunicación de la oposición, ni la Junta Directiva del Banco que no es ni autónoma ni independiente, y si de muy limitada responsabilidad técnica que podría ser sustituida por la IA.

Los dos temas que aún le faltan a la propuesta de Iván Cepeda son: la política de reindustrialización que es uno de los seis puntos convenidos con Clara López, y la de ciencia, tecnología e innovación. La reindustrialización si bien tiene efectos difundidos en todos los territorios, y es en las ciudades donde más se desarrolla. Sin embargo, son avances que también retornan al campo donde emergen nuevos procesos de desarrollo sostenible asociados a la agricultura, energías alternativas, bioeconomía y preservación de recursos naturales finitos.  Es un círculo virtuoso por lo cual centrarse únicamente en la ruralidad no es suficiente, porque las periferias urbanas también son inmensas y el potencial de los recursos humanos es muy grande y en el largo se puede tornar infinito.

Lo que viene: la victoria del progresismo

Colombia no puede retroceder ni cometer los errores de otros países de la región, caso de Ecuador que después de Correa se convirtió en una república bananera del narcotráfico; Argentina con Macri y Milei que entregaron la economía al FMI cuando Kirchner ya le había pagado la deuda; Brasil con Bolsonaro quiso tirar por el balcón todo lo ganado con Lula, Dilma y el Partido de los Trabajadores (PT) en veinte años.

Colombia debe aprender de México, de Brasil, de Uruguay, y de sus primeros cuatro años de progresismo, para tener más años de construcción de una sociedad democrática, rotundamente menos desigual y sostenible.

En el progresismo de Iván Cepeda, del Pacto Histórico y de cualquier lugar del mundo, no está el comunismo ni el socialismo que murieron en el muro de Berlín y en la caída de la Unión Soviética. El asunto ya no es la lucha de clases y los medios de producción en manos del Estado.

Las banderas de la sociedad actual son otras: igualdad multidimensional, calentamiento global, nuevas revoluciones tecnológicas, corrupción, concentración económica en pocas manos, economías ilegales incluidos los paraísos fiscales, cadenas internacionales de suministro, orden multipolar y reorganización de las instituciones globales.

Colombia debe construir su propio modelo de sociedad. Nadie vendrá a pensar ni a escribir el país que debemos ser. Ese es el desafío histórico.

En esa perspectiva, el camino del Pacto Histórico, de sus aliados y de la candidatura de Iván Cepeda no es solo una opción electoral: es la obligación de consolidar un rumbo. Si la oposición insiste en mirar hacia atrás, el progresismo deberá demostrar que el futuro no solo es posible, sino inevitable.

Jaime Acosta Puertas, Descontrol en la ultraderecha y en el centro

Foto tomada de: El Nuevo Siglo

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