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La ilustración oscura o el perverso guión de la derecha norteamericana

23 febrero, 2026 By Carlos Guarnizo Leave a Comment

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La filosofía política moderna desde Thomas Hobbes, John Locke, Rosseau, Diderot y Montesquieu, pasando por Max Weber hasta el Giovanni Sartori de nuestros días coinciden en que la democracia se edifica sobre el contractualismo, la razón; al tiempo que despoja al monarca del origen divino de su poder y lo entrega ahora a la soberanía popular. Ello tuvo origen en el movimiento cultural e intelectual en la Europa del siglo XVII y XVIII, conocido como la ilustración. Sobre esa base se construyeron los Estados modernos que además promovía los derechos de los ciudadanos, separación de poderes, organismos de control y todo un sistema de pesos y contrapesos para evitar el autoritarismo de los gobernantes.

De esa ilustración son herederos Thomas Jefferson, Benjamín Franklin, John Adams, James Madison, y Thomas Paine en Estados Unidos. A ellos, junto con George Washington y otros más, se les conoce como los padres fundadores de ese modelo federal que todavía es USA.

Eso está cambiando. ¡Y de manera dramática!

La actual derecha norteamericana abandona esa base filosófica. La lógica política actual descansa en lo que han dado en llamar “la ilustración oscura”.  Buena parte de ello, nos advierte Carlos Granés, en “El rugido de nuestro tiempo”, empezó, cuando Nick Land, un teórico británico de izquierda releyó a Marx y Deleuze en clave derechista. En ese contexto se publica su fenómeno de ventas “”La Ilustración oscura: Y otros ensayos sobre la Neorreacción“, que en resumen propone desmantelar la democracia liberal por considerarla ineficiente y decadente, abogando por un autoritarismo tecnocrático. Defiende la sustitución del Estado por corporaciones gestionadas por CEOs soberanos y abraza una visión jerárquica, elitista y, en ocasiones, eugenésica de la sociedad.

Mucho antes la izquierda también impugnó la democracia liberal cuestionando que bajo su apariencia formal se escondía la desigualdad estructural, el imperialismo y la dominación de clases y el patriarcado.  Las luchas de los sesenta migraron en este siglo a las banderas identitarias, el progresismo y la cultura Woke en el mundo anglosajón.

Este fenómeno arriba a Estados Unidos a través del economista alemán, profesor en varias universidades estadounidenses, Hans Hermann Hoppe, con su libro, titulado en español Monarquía, democracia y orden natural. Es una propuesta claramente anarcocapitalista. Aquí el soberano no es un gerente, sino un monarca que administra la propiedad privada absoluta, incluso la seguridad nacional debe ser garantizada por organismos privados. La crítica más severa a la democracia se localiza en que promueve la distribución de la riqueza.

De abrevar en Nick Land y Hoppe, sale un bicho extraño llamado Curtis Yarvin un bloguero mediático que sostiene que la democracia representativa moderna no funciona realmente como un sistema de autogobierno popular. Según su tesis, el poder no reside en los votantes, sino en una red informal de instituciones —universidades, medios de comunicación, burocracias estatales y grandes corporaciones— que moldean la opinión pública y establecen los límites del debate político. A esta red la denomina a veces de forma irónica “la Catedral”: un sistema cultural e ideológico que, a su juicio, impone consensos progresistas sin asumir responsabilidad directa por las decisiones políticas. Desde su perspectiva, el problema no es simplemente la corrupción o la ineficiencia, sino la propia estructura difusa y poco responsable del poder democrático moderno.

Frente a la fragmentación institucional que atribuye a la democracia, Yarvin propone una alternativa basada en la concentración explícita del poder. Plantea que un sistema político sería más estable y eficiente si funcionara de manera similar a una corporación privada, con una autoridad clara, responsable y jerárquica. En esta lógica, el Estado debería operar como una entidad unificada dirigida por un “CEO” o figura ejecutiva fuerte, con plena capacidad de decisión y responsabilidad directa sobre los resultados. Su argumento central es que la claridad jerárquica permite rendición de cuentas más efectiva que el sistema electoral periódico.

Otra idea fuerte en su pensamiento es la crítica al igualitarismo político y social. Yarvin argumenta que las sociedades no son naturalmente iguales en capacidades, intereses ni liderazgo, y que los sistemas políticos deberían reconocer esa desigualdad en lugar de ocultarla bajo principios formales de igualdad política. Desde esta perspectiva, considera que la extensión universal del sufragio y la política de masas generan decisiones inestables y cortoplacistas.

El punto es que no es una amenaza, es un problema real dado que este pensamiento ha pasado de ser marginal para ser adoptado por la extrema derecha de Estados Unidos expresada en los máximos dirigentes del partido republicano; los tecno millonarios como Peter Thiel, Sam Altman y Elon Musk; los publicistas de la desinformación y la guerra cultural como Steve Bannon.

Hemos dicho que la “Ilustración Oscura”, asociada a Curtis Yarvin y al movimiento neorreaccionario, cuestiona que la democracia liberal no ha generado verdadera rendición de cuentas ni racionalidad política, sino una estructura difusa de poder cultural y burocrático. Mientras la Ilustración clásica promovía la ampliación de la participación política y el igualitarismo jurídico, la Ilustración Oscura desconfía del sufragio universal, critica el igualitarismo y propone formas de autoridad centralizada, inspiradas en modelos corporativos o incluso en esquemas monárquicos modernizados.

El contraste, por tanto, no es solo institucional sino filosófico. La Ilustración europea parte de un optimismo antropológico y normativo respecto de la capacidad racional de los ciudadanos para autogobernarse; la Ilustración Oscura adopta un escepticismo profundo frente a esa premisa y privilegia la eficiencia, la estabilidad y la jerarquía sobre la participación y la igualdad política. En síntesis, mientras la primera busca limitar el poder mediante su división y control democrático, la segunda propone hacerlo explícito y concentrado, bajo la idea de que la claridad jerárquica sería más responsable que la dispersión institucional. Al diablo la división de poderes y los organismos de control.

El problema es, como dije antes, que esta no es una concepción periférica meramente especulativa. No. Las ocurrencias de Yarvin han sido llevadas a la práctica por el Trump. Por ejemplo, DOGE, la paraoficina que pretendió mejorar la eficiencia del Estado norteamericano, fue en muchos sentidos una implementación práctica de la lógica de Yarvin, tratada como una especie de “reorganización corporativa” del Estado, con fuerte concentración de poder y menos dependencias burocráticas. Es decir: RAGE articuló un diagnóstico y un marco ideológico sobre cómo debería funcionar un gobierno eficiente sin burocracia tradicional, y esa lógica fue utilizada como inspiración para el diseño operativo de DOGE.

En materia de seguridad observamos una mutación: el tránsito desde un modelo burocrático-industrial del siglo XX hacia un modelo tecnopolítico basado en datos. En este marco, la externalización parcial de funciones analíticas hacia compañías privadas si bien no implica abolición de la soberanía, sí reconfigura su ejercicio. La pregunta crítica es si esta transformación fortalece la capacidad estatal o diluye el control democrático sobre funciones estratégicas. Aquí, la seguridad, entendida como capacidad de anticipar, integrar y procesar grandes volúmenes de datos, deja de ser solo una función administrativa clásica y se convierte en un problema técnico de arquitectura informacional. En ese sentido, el uso intensivo de plataformas privadas de análisis masivo de datos por parte de agencias de inteligencia y defensa encaja con una concepción donde el Estado se apoya crecientemente en infraestructuras tecnológicas especializadas.

El caso más emblemático es Palantir Technologies, cofundada por Peter Thiel, mantiene contratos significativos con agencias de defensa, inteligencia y seguridad tanto en Estados Unidos como en varios países europeos. Palantir provee plataformas de análisis de datos (como Gotham y Foundry) utilizadas para integración de información, análisis de inteligencia, apoyo operativo militar y gestión de datos en entornos de seguridad. Es decir, es un proveedor tecnológico relevante dentro del ecosistema de seguridad. Según informes de medios especializados, desde al menos 2024 el ejército israelí ha integrado herramientas de Palantir para procesar grandes volúmenes de datos que ayudan en tareas de planificación, localización de fuerzas y apoyo a decisiones operativas en conflicto, incluida la guerra en Gaza. Además, organizaciones de derechos humanos han documentado que el software de Palantir alimenta herramientas utilizadas por ICE para planificar redadas, analizar perfiles y facilitar operaciones dirigidas a personas sin estatus migratorio regular, muy en predisposición hacia políticas migratorias restrictivas y centralizadas de Yarvin.

Otro ejemplo ilustrativo ha sido el uso de Starlink, propiedad de Elon Musk, en el conflicto entre Ukraine y Russia. La red satelital permitió mantener comunicaciones militares y civiles incluso cuando la infraestructura terrestre fue dañada. En términos operativos, esto significó sostenimiento de mando y control, coordinación táctica en tiempo real, continuidad de servicios gubernamentales, comunicación estratégica con aliados. En la práctica, Starlink se convirtió en un componente funcional del ecosistema de defensa.

El trumpismo ha construido buena parte de su identidad política contra medios, universidades, burocracias y “élites” tecnocráticas, con un estilo de conflicto permanente con esas instituciones. La convergencia con Yarvin es fuerte en el diagnóstico (instituciones culturales capturan el Estado), aunque el trumpismo lo formula con consignas más simples (“fake news”, “deep state”, “globalists”), mientras Yarvin lo presenta como teoría político-cultural (“Catedral”).

En el actual gobierno la idea de concentrar el poder se traduce menos como teoría y más como impulso político: lealtad, control de agencias, reducción de frenos internos y confrontación con contrapesos. El puente intelectual está en que actores del entorno trumpista han discutido con Yarvin estos temas explícitamente.

La incidencia de Yarvin en altas esferas se explica por su articulación en el entramado de poder de Estados Unidos. Es el caso de la relación entre Curtis Yarvin, Peter Thiel, Steve Bannon y el vicepresidente JD Vance la que puede entenderse como una red de convergencia ideológica más que como una estructura orgánica formal. Yarvin aporta la arquitectura conceptual: su crítica al “Estado administrativo”, su noción de la “Catedral” y su defensa de un poder ejecutivo fuerte ofrecen un marco teórico sistemático para quienes consideran que la democracia liberal está capturada por burocracias y élites culturales. Thiel, desde el capital tecnológico y financiero, funciona como puente estructural: ha financiado candidaturas y promovido figuras que comparten ese diagnóstico, facilitando que ideas originalmente marginales ingresen en el debate político viable. Vance representa la traducción institucional más sofisticada de esa corriente: ha expresado críticas al aparato administrativo federal y ha defendido una visión de autoridad ejecutiva más afirmativa, situándose en la intersección entre Silicon Valley conservador y política electoral republicana. Bannon, por su parte, encarna la dimensión estratégica-populista: convierte el diagnóstico anti-establecimiento en narrativa movilizadora contra el “Estado profundo”, especialmente en el entorno de Donald Trump.

Mejor dicho, no se trata de una cadena de mando ni de asesorías directas comprobadas, sino de una constelación donde teoría, financiamiento, estrategia política y cargo institucional interactúan: Yarvin formula; Thiel financia y conecta; Vance institucionaliza dentro del aparato estatal; Bannon moviliza y confronta; y el trumpismo ofrece el espacio ejecutivo donde esas ideas encuentran posibilidad de implementación parcial. La influencia opera por afinidad, circulación de redes y legitimación mutua más que por coordinación formal, pero el efecto acumulativo ha sido insertar una crítica estructural al Estado administrativo en el corazón del debate político estadounidense contemporáneo.

En materia económica no estamos ante un simple neoliberalismo reciclado, sino ante una reconfiguración donde capital tecnológico, liderazgo ejecutivo fuerte y crítica al pluralismo institucional convergen. Si el neoliberalismo clásico era mercado + democracia liberal, esta variante podría describirse como mercado + concentración ejecutiva. Se advierte el tufillo fascista.

El problema político de la ilustración oscura no es solo que proponga autoridad concentrada, sino que desplace la fuente de legitimidad desde el consentimiento ciudadano hacia el rendimiento técnico del gobernante. Esto implica una regresión conceptual hacia formas preliberales de soberanía, donde la estabilidad y el orden prevalecen sobre la libertad política, debilitando el principio según el cual el poder es legítimo únicamente si puede ser impugnado por quienes están sujetos a él.

Esta línea de pensamiento, si puede llamarse así, interpreta la complejidad institucional moderna como mera captura burocrática, ignorando que la pluralidad, la deliberación y los contrapesos son respuestas históricas a la concentración arbitraria del poder. Las burocracias, tribunales independientes y medios críticos no son anomalías, sino mecanismos de diferenciación funcional propios de sociedades complejas. Proponer su desmantelamiento bajo la promesa de claridad jerárquica equivale a simplificar artificialmente sistemas sociales que requieren mediaciones múltiples para mantener cohesión y legitimidad. En síntesis, la Ilustración Oscura ofrece una crítica aguda al desgaste del liberalismo, pero su solución —la concentración ejecutiva y la reducción del pluralismo— arriesga erosionar las bases normativas y estructurales que hacen posible la estabilidad democrática en sociedades modernas altamente diferenciadas. De triunfar definidamente derivará hacia lo que he llamado el estado precario y un autoritarismo en que se advierten visos propios de la Europa de entreguerras que culminó con el ascenso del fascismo al poder.

El desmantelamiento de los mecanismos de control y la erosión de una sociedad fundada en normas conllevan, inevitablemente, el debilitamiento de los principios éticos en todos los ámbitos de la vida pública y privada. Observamos cómo ciertas élites económicas, políticas y tecnológicas no solo convergen en intereses, sino que también se entrelazan y superponen en espacios de poder e influencia. La desregulación no ha sido únicamente un factor determinante en las grandes crisis económicas contemporáneas; también ha propiciado profundas crisis morales, al diluir los límites institucionales y relativizar la responsabilidad pública.

En este contexto, es neurálgico que figuras como Donald Trump, Peter Thiel, Elon Musk, Steve Bannon y Mark Zuckerberg —junto con otros actores relevantes de la constelación política, económica e intelectual contemporánea— hayan sido mencionadas en distintos escenarios de controversia pública relacionados con redes de poder y entornos de influencia cuestionados, como el caso del pedófilo Jeffrey Epstein. De igual manera, algunos de estos actores han asumido posiciones o desempeñados roles vinculados al debate internacional sobre el genocidio en Gaza. Aquí lo que emerge es una reflexión más amplia sobre la concentración de poder, la fragilidad de los controles institucionales y la necesidad de reafirmar principios éticos universales en la esfera pública global.

Cuando el mercado, la tecnología y la seguridad nacional y las conductas los miembros de las élites se liberan progresivamente de límites jurídicos y contrapesos democráticos, se produce un desplazamiento ético: el éxito y la eficacia reemplazan a la responsabilidad y la rendición de cuentas como criterios dominantes de legitimidad. No es una comunidad moral homogénea. Lo que observamos es cómo determinados discursos —anti-regulatorios, soberanistas o tecnocráticos— tienden a relativizar la centralidad del Estado de derecho y de los estándares éticos universales cuando estos interfieren con proyectos de acumulación o hegemonía.

La ilustración oscura no ilumina: proyecta sombras sobre el alma que la abraza. El desafío ético consiste en reconstruir una arquitectura institucional donde la libertad económica, la seguridad y la innovación estén subordinadas a principios universales de responsabilidad, transparencia y respeto irrestricto por la dignidad humana.

 

Carlos Guarnizo

Foto tomada de: https://www.perfil.com/

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