Lluvias mucho más cortas, pero más intensas ante las cuales los cauces naturales de los ríos, dañados por la deforestación y sedimentados por la minería legal e ilegal -mercurio y otros contaminantes- y el pésimo uso del suelo, hacen que no puedan procesar tanta agua, causando inundaciones, crecientes súbitas, dejando una estela de devastación, generando serios problemas a la seguridad alimentaria en una población, ya de por sí, en agudas condiciones de pobreza, multiplicando sus dificultades, e incrementado su desesperanza, ante un Estado improvidente que solo llega a sofocar desastres.
Así entonces, departamentos como Córdoba, Bolívar, Sucre y otras regiones del país, el Chocó, Nariño, Cauca, Antioquia, enfrentan una crisis humanitaria por lluvias e inundaciones severas. El embalse de Urrá, en tierras de Córdoba, se ha visto obligado a descargas que han inundado decenas de municipios. Las intensas lluvias atípicas han desbordado la infraestructura existente, demostrando que Colombia no está preparada para los escenarios extremos del cambio climático. El país vive en una crisis de adaptación: no sabemos guardar el agua cuando sobra, ni utilizarla en las sequias, ni tratarla cuando la ensuciamos, una descarnada crisis de gestión. Colombia sigue atrapada en la gestión del desastre -atender la emergencia cuando ya ocurrió- en lugar de la gestión del riesgo. Es decir, preparar el territorio antes de la calamidad.
La Emergencia Económica decretada por el Gobierno Nacional solo demuestra la falta de una política de adaptación que supere la retórica y actúe de verdad y con acierto en los territorios, lejos de fundamentalismos ambientales. La Mojana va a completar cinco años inundada y este gobierno ha sido incapaz de cerrar Cara de Gato, enredado en el pantano espeso de la corrupción. El país tiene que pasar realmente de la reacción a la adaptación.
Lo que hemos visto con los frentes fríos recientes refleja que nuestra infraestructura está diseñada para un clima que ya no existe.
La paradoja de la abundancia, la emergencia por exceso
Colombia cuenta con cinco grandes cuencas hidrográficas: la cuenca del Amazonas, la más extensa, con ríos caudalosos que fluyen hacia la selva; la Magdalena-Cauca, aunque no es la más grande soporta la mayor presión humana y económica del país, con un enorme pasivo ambiental entrópico en su travesía desde las alturas del sur hasta las cálidas llanuras del Caribe. La cuenca del Orinoco, que abarca los llanos orientales. La Caribe que incluye las subcuencas que desembocan directamente en el mar Caribe, sin contar el Magdalena, y la cuenca del Pacífico, caracterizada por ríos cortos, pero de altísimo caudal debido a las lluvias de la región.
Estas cuencas cubren 41 zonas hidrográficas y 316 subzonas. La riqueza hídrica colombiana se explica porque el rendimiento hídrico es mayor al promedio mundial que es de aproximadamente 10 litros por segundo por kilómetro cuadrado (10 l/s/km2), mientras que en el país el rendimiento es de 50 a 60 l/s/km2. El país posee cerca del 50% de los páramos del mundo, que actúan como “fábricas de agua” que capturan la humedad de la niebla y que regulan los caudales de los ríos que surten a las ciudades. Por la ubicación geográfica en la Zona de Convergencia Intertropical y por tener tres cordilleras, Colombia recibe altos niveles de lluvia, especialmente en regiones como el Chocó, una de las zonas más lluviosas del mundo.
En ese sentido, Colombia es un país privilegiado en recursos hídricos que no hemos sabido aprovechar para impulsar el desarrollo nacional, por el contrario, las orillas de esas cuencas albergan las poblaciones más pobres, el Chocó, la Mojana, el Bajo Cauca, para solo mencionar las más notorias, donde se desarrollan todo tipo de conflictos que alteran la naturaleza y encrespan la violencia.
Colombia enfrenta entonces un desafío que los expertos llaman “escasez relativa” y estrés hídrico, que se deben a una enorme presión sobre el recurso y a una distribución desigual, dado que el 70-80% de la población vive en la zona andina (cuenca Magdalena-Cauca) y allí solo se encuentra el 13% del agua disponible del país. El resto del agua está en la Amazonía, Orinoquía y el Pacífico, donde vive poca gente. La alta contaminación de muchos de nuestros principales ríos por minería ilegal, vertimientos industriales y falta de tratamiento de aguas residuales en ciudades y pueblos contribuye al estrés y a la escasez relativa. Bogotá y la Región Andina mantienen una alerta permanente por el sistema Chingaza porque cualquier retraso en las lluvias pone a la capital al borde del racionamiento.

Imagen de la comunidad de Dodú, cercana al casco urbano de Quibdó. Cómo se puede concluir a simple vista, en esa comunidad no existe ni agua potable, ni alcantarillado, mucho menos sanitarios.
El pasivo ambiental
Una gran parte de los municipios colombianos aún vierten sus aguas negras directamente a los ríos sin tratamiento previo. En los alrededores de Quibdó, la comunidad Emberá defeca en las débiles quebradas que aun existen, las mismas, de donde, a los pocos metros sus miembros toman agua, los niños se bañan, las mamás lavan la ropa, un circuito envenenado. En Santa Marta y Quibdó, la cobertura de acueducto y alcantarillado no llega al 50%. En Quibdó o en Buenaventura, ciudades del Pacífico donde más llueve, no tener ni acueducto ni alcantarillado es una vergüenza y una afrenta la población y la red de salud es un desastre.

En el país, 1.5 millones de colombianos defecan al aire libre, es decir, el número de habitantes de Santa Marta y Cartagena juntos. Algunas comunidades consideran que defecar al aire libre es un derecho ancestral respetable ante el atraso, la violencia y el desplazamiento. No es lo mismo vivir a la orilla de un río con grandes caudales a vivir a la vera de una trocha en la periferia de Quibdó por donde pasa un hilo de agua, arguyen, no sin razón.[2]
El río Bogotá es el ejemplo más triste: nace limpio en el páramo de Guacheneque-Villa Pinzón- y muere biológicamente a pocos kilómetros de Bogotá, pero su enorme y densa contaminación se despliega por toda la geografía de la Cuenca. Colombia ha usado el agua para la construcción de la economía nacional pero no siempre como un bien común indispensable y vital. El agua es la vida. El país trata al agua como si fuera infinita, olvidando que la contaminación la hace inexistente para el consumo humano, aunque el río siga fluyendo. Colombia ha sabido extraer valor económico del agua -represas, energía-pero ha fallado sistemáticamente en proteger la salud de sus cuencas y de sus habitantes.
A pesar de la abundancia, el uso del recurso ha sido desordenado, descuidado y desaprovechado. Una gran parte de los municipios colombianos aún vierten sus aguas negras directamente a los ríos sin tratamiento previo. Según el IDEAM, más de 390 municipios en Colombia son susceptibles de presentar desabastecimiento en temporadas secas.
La paradoja de la abundancia, la emergencia por exceso
Los frentes fríos de estas semanas han demostrado que el clima cambió y nuestra forma de habitar el territorio sigue igual que hace 50 años. Es indispensable un cambio de rumbo que el gobierno del cambio no logró. Como señala el Banco Mundial: Colombia es un caso complejo, dotado con algunos de los recursos hídricos más amplios y diversos del mundo. Tiene lagos de montaña, acuíferos profundos, arroyos, ríos y las vastas áreas andinas conocidas como Páramos.
En cinco cuencas principales, el agua se acumula en las zonas altas y fluye aguas abajo para entregar sus regalos de vida y actividad económica. Sin embargo, la pluviosidad varía significativamente de un año a otro y de una estación a otra debido a la variabilidad climática causada por fenómenos como El Niño y La Niña, que a veces resultan en graves sequías e inundaciones. Se espera que el cambio climático amplifique estas anomalías, haciendo que los desafíos sean aún mayores. La disponibilidad de agua está desequilibrada con la demanda y la calidad se ve fuertemente afectada en la medida que las aguas residuales de los hogares, las industrias y la minería, se devuelven sin tratar a los cuerpos de agua. Esta realidad, de no corregirse, aumentará aún más la inseguridad hídrica en Colombia.
Ordenar el territorio alrededor del agua, como lo ordena el Plan Nacional de Desarrollo, Colombia Potencia Mundial de la Vida, 2022-2026, contiene los elementos necesarios para el profundo viraje que requiere el país para garantizar el futuro sostenible de la actividad humana en el territorio. Esta es una tarea inaplazable que el próximo gobierno, del signo que sea, debe abordar sin dilaciones.
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[1] Los frentes fríos son masas de aire frío que avanzan y desplazan aire cálido. Se originan normalmente en latitudes altas, zonas cercanas a Norteamérica y viajan hacia el sur. Aunque Colombia está en el trópico, esos frentes pueden influir en el Caribe cuando se forman en el hemisferio norte, especialmente en invierno y bajan por el Golfo de México y el mar Caribe empujando aire frío y seco hacia el norte de Sudamérica.
[2] Sergio Silva Numa, Aquí se defeca junto a las quebradas donde los niños juegan, El Espectador, 1 de febrero de 2026, Pág. 30.
Fernando Guerra Rincón
Foto: Comunidad de Dodú
Buen artículo Cuca