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La carrera dulcemente sangrienta en la derecha política

9 marzo, 2026 By Ricardo Garcia Duarte Leave a Comment

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La llamada Gran Consulta –la más abultada en competidores y exitosa en participantes– terminó por abrir un escenario de competencia enconada, por lo demás previsible, el de la lucha por el primer lugar en el campo conservador, así calificado, suave y civilizadamente, como si no incluyera segmentos ferozmente sectarios; una disputa que seguramente se desplegará codo a codo, entre Paloma y Abelardo.

Ella arranca con la no despreciable cantidad de 3 millones, 230 mil votos; la mayor parte de ellos, depositados por votantes del muy uribista Centro Democrático, un partido que ha recibido cierta animación, insuflada por la sentencia de segunda instancia que favoreció al expresidente y por el esfuerzo y la campaña en que éste se ha empeñado, recorriendo municipio por municipio.

De la Espriella, por su parte, podría contar, mientras repite su saludo de soldadito de plomo, con unos 4 millones y medio de sufragios; claro, si – y sólo si – el 20% que las encuestas en promedio le otorgan, se tradujera hoy en votos de carne y hueso.

Clones ideológicos con personalidades distintas

En esta carrera entre amigos, en la que uno de los dos irremediablemente quedará tendido en la pista, intervienen dos factores; a saber: 1. el aritmético; o sea, el de los votos, suma de adhesiones acompañadas de una voluntad individual; y 2. el ideológico y moral, el de las identidades culturales y las emociones, el de la capacidad comunicativa y la credibilidad personal.

En esta dimensión moral, ideológica y cultural, no sobra recordar que ambos personajes provienen de un caldo de cultivo común, el de familias conservadoras, la una muy tradicional y caucana; la otra, caribeña, de más reciente emergencia. Así mismo, los dos pertenecen a esa constelación cuyo astro nuclear es Uribe Vélez, ese expresidente neo-reaccionario que alguna vez militara en el partido liberal y que luego de su transformación derechosa cooptara a muchos vástagos de las élites rancias, al igual que a herederos de los cacicazgos inveterados.

Solo que el propio Abelardo se proclama al mismo tiempo como un outsider irreductiblemente independiente, empeñado alegremente en la proeza de ser uribista y no-uribista a la vez. Mientras tanto, Paloma, sin dar lugar a dudas, reclama – ternura y prosternación en convivencia – el derecho a cierta progenitura, a la línea filial respecto de Uribe a quien reconoce como su papá; metafóricamente, obvio; pero con una convicción a prueba de asaltos y de sustos.

Los vuelos y arrebatos del tigre y la paloma

Ambos, Paloma y Abelardo, son enemigos acérrimos de los procesos de paz; además, en la dialéctica degradada de sus polémicas son capaces de las más inverosímiles pequeñas infamias, bellaquerías insoslayables en miniatura: en una ocasión, la senadora caucana, con insidia mayor, le espetó desencajada, a su colega en el Congreso, Iván Cepeda: ¡senador, no me vaya mandar a matar! Por su parte, el abogado penalista no experimentó ningún rubor, al decir con enérgico convencimiento, como si le saliera del del fondo de su ser, que su misión era la de destripar a la izquierda, anatema expresado públicamente en un país, cuya Constitución por el contrario garantiza el pluralismo y la diferencia.

En el mismo orden de ideas, el reiterado saludo militar de Abelardo, así parezca sacado de un sainete, esconde un mensaje subliminal para despertar la mentalidad autoritaria, la que se oculta en los pliegues de la conciencia colectiva, mezclada con cierto ánimo de revancha frente a lo que signifique subversión, ilegalidad, conflicto o inestabilidad, a todo lo cual queda asociado perversamente, como si se tratara de complicidad, lo que entrañe negociación o soluciones pacíficas. Por su lado, Paloma no esperó un minuto luego de ganar su Consulta para avisar a los cuatro vientos que va a reemplazar la controversial “paz total” de Petro con una “seguridad total”, de inequívocas resonancias uribistas, como si la política fuera el patio de los desquites.

En un nivel distinto, tal vez sicológico, el candidato-abogado ha exhibido un narcisismo incorregible, con toda la carga de egoísmo reconcentrado que dicha desviación acarrea, potenciada muy probablemente cuando el narciso detenta el poder. En cambio, en la personalidad de la candidata-senadora aflora el trato afable, al menos en privado, un temperamento más propenso al entendimiento con el “otro”.

Son defectos y “virtudes”, fortalezas y debilidades, prejuicios y “fachadas” personales que obran como focos de magnetismo entre el pueblo “godo”, porque hay en él un sustrato compartido, un magma formado por una mentalidad anti-ilustrada, inclinada a los anclajes ideológicos del mundo rural, religioso y colonial, perdurables más allá de las modernizaciones económicas, técnicas y sociales, según la concepción del muy sabio Karl Mannheim. Son como repositorios culturales, sedimentaciones ideológicas, que indican el sentido de la movilización de la masa ante personalidades como las de Paloma, Abelardo y Uribe.

Eso sí, en materia de sensibilidades y pulsiones, odios, simpatías y residuos carismáticos, cabe la bifurcación de caminos, esa división de los electores por mitades; la que sobreviene entre los sectores más convencionalmente conservadores y emocionalmente agradecidos con Uribe, imagen patriarcal del salvador; ellos girarán en torno a la figura de Paloma Valencia. Y la otra mitad, la de los votantes más “sueltos”, quizás franjas de jóvenes, irreverentes, de caudillistas y por qué no autoritarios: son los sectores que se orientarán hacia Abelardo de la Espriella.

Entre el aparato y la opinión

En el ámbito de la razón instrumental –no ya en el de la conciencia moral e ideológica– dos factores se ponen en juego, el de la estrategia y el de la organización; son factores que inclinarán la balanza en favor de una de las dos opciones.

El factor-estrategia determinará la eficacia de cada uno de los candidatos ultra-conservadores para llegarle al “centro”; es decir, a los votantes moderados, una franja, a la que en principio llegaría con menos dificultad Paloma; aunque ya Abelardo comienza a dar sus pasos en ese sentido, al designar como su fórmula vicepresidencial a José Manuel Restrepo, un exministro de Iván Duque, perteneciente al uribismo y al conservatismo menos ultra, movida ésta que seguramente servirá al candidato, pero no aprestigiará al economista.

El factor-organización plantea, a su turno, el dilema entre el voto de partido y el voto de opinión, el primero favorable a Paloma, el segundo preferentemente cautivado por quien se hace llamar el “tigre”.

Paloma cuenta con un aparato influyente, como lo es el Centro Democrático de Uribe Vélez, que le ha movilizado, al menos los mismos 3 millones de sufragios que puso para el Senado. De entrada, ella tendría para crecer hasta los 5 millones 800 mil votos obtenidos por la Gran Consulta, sólo que la sombra, estorbosa para muchos, del expresidente, espantaría votantes de centro-derecha; incluidos, no pocos de los que votaron por uno u otro candidato de la misma Consulta.

De cualquier forma, la senadora debiera beneficiarse, cálculo hecho en el papel, de lo que sucede con los candidatos ganadores de Consultas, a juzgar por lo que aconteció con Fico Gutiérrez e Iván Duque en la derecha; incluso con Gustavo Petro en la izquierda: duplicaron sus votos al llegar a la primera vuelta, en una tendencia que entregaría a Paloma 6 millones o un poco más; desafío muy alto para Abelardo que, si pretende superarla, tendría que rebasar esa cifra, así fuera por muy poco; de modo de poder repetir la pequeña hazaña de Rodolfo Hernández, el outsider  de hace 4 años, que frenó fácilmente a un Fico, apoyado por el Establecimiento.

¿Y la segunda vuelta?

Mientras se dirime la disputa interna de la derecha, la que protagonizan Abelardo y Paloma, cada uno de ellos abriéndose al “centro”, en una operación de ficción, sin descuidar las lealtades que les brinda el país conservador; mientras ellos ensayan ese equilibrismo insostenible entre extremo-derechismo y centrismo, entre seguridad compulsiva y negociación; mientras todo eso toma curso, Iván Cepeda, el candidato de la izquierda, “recargado” con los 4 millones, 400 mil votos del Pacto Histórico tendría que repetir en la primera vuelta la votación de Petro hace 4 años o conseguir un poco más; vale decir: 9 millones de votos, un suceso que lo instalaría en la “pole position”, el primer puesto en la grilla de partida; dicho de otro modo, en el principal lugar de la largada para la segunda vuelta; una meta para la cual los dos finalistas, el de la derecha y el de la izquierda, tendrán que pelearse los casi 4 millones de electores que quedan un poco sueltos, una vez se deja atrás el 31 de mayo, esos ciudadanos, independientes, sin disciplina partidista ni lealtades políticas firmes. Votantes en los que predominará la aversión hacia uno u otro candidato, un “voto negativo y flotante” que arbitrará la instancia final.

Ricardo García Duarte

Foto tomada de: El País Cali

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Filed Under: Revista Sur, RS Desde el sur

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