Y según lo veo, desde que inició su segunda presidencia de los Estados Unidos, Trump no para de asombrar al mundo con sus decisiones más extremas e inesperadas bajo su consigna política de: “Norteamérica primero”. Ejemplos son, la “guerra” comercial de los aranceles con todas las naciones; la amenaza de anexar el Canal de Panamá, Groenlandia y Canadá a la bandera de las barras y las estrellas; la desconfianza creada en la OTAN al poner en duda la permanencia de USA en la alianza; su apoyo a Rusia en la guerra de Ucrania; declarar que en la guerra se atiene a su moral y no a las reglas. Y para colmo de la suma: el ataque junto con Israel a Irán en junio de 2025 en la que se conoce como “la guerra de los doce días”; y la nueva agresión a la nación islámica el pasado 28 de febrero, mientras sus delegados negociaban con los de Teherán un acuerdo para impedir que Irán enriquezca uranio.
Acorde con su cambiante personalidad, los objetivos de la guerra fueron inciertos y variantes. La primera excusa fue anular las capacidades iraníes de enriquecer uranio al 90%, pero cuando al tercer día mataron al jefe del Estado, el ayatolá Alí Jameneí y varios generales, anunció que se proponía lograr un “cambio de régimen”. O sea, alentar una insurrección popular o militar que derrocara a los ayatolás, o imponer un gobierno al estilo de Venezuela que se pusiera a disposición de los agresores, e hiciera la transición hacia una democracia occidental a su gusto.
Pero los planes se enfangaron desde el comienzo. Porque, contra toda previsión, Irán respondió oleada tras oleada de bombas con oleadas de misiles contra Israel, las bases militares norteamericanas en Kwait, Baréin, Qatar y Emiratos Árabes, y la destrucción de un radar estratégico norteamericano valorado en más de mil millones de USD en Jordania, y otro en EUA, cegando al comando central de las FFAA de USA en la dirección de las operaciones.
La variedad de lanzaderas y misiles iraníes desconcertó, y con miles de ellos vencieron el “escudo de hierro” de Israel causando estragos en aeropuertos, bases aéreas y centros de gobierno y del Mossad; el porta aviones USS Abraham Lincoln fue obligado a salir del estrecho de Ormuz para ponerse a salvo de los misiles baratos iraníes; Netanyahu escapó de los ataques en un avión que sobrevoló por horas el Mediterráneo, mientras su hermano moría por una bomba islámica.
Trump creyó estar preparado para responder a todo, excepto para el cierre del estrecho de Ormuz para los barcos petroleros norteamericanos, israelíes y sus aliados. “¡Abran el puto estrecho, cabrones”, gritó desencajado, impotente y muy desesperado. Pidió a la OTAN que enviaran sus buques de guerra a destaponar el estrecho, pero ningún aliado lo secundó. Entonces, con su crudeza conocida, se declaró traicionado e insultó a los líderes europeos con palabras soeces. La estantería de Wall Street se venía abajo, las acciones perdían precio sin control y sus amigos y partidarios inversionistas le achacaban la culpa.
Y no era para menos: el galón de petróleo brent pasaba de 67 dólares a 110, el galón de gasolina de 2,55 a 3,75 en Florida en dos semanas, y la inflación interanual anunciaba subir un punto en marzo. Una situación límite imposible de resistir con la elección de 35 senadores y representantes en los 50 estados el próximo 3 de noviembre, y el riesgo de ser destituido si pierde el control de las cámaras por los delitos electorales de 2020 y el caso Epstein.
Trump tenía enfrente todo un cuadro político de terror, al que debía sumar el cálculo de los costes de la guerra que lo situó en desventaja, y sin opciones a la vista de derrotar al “eje del mal”. Porque se hizo de dominio público que el precio de las armas lanzadas por Irán oscila de 10 mil a 30 mil dólares por dron, y de dos a diez millones por misil, mientras cada cohete interceptor norteamericano cuesta entre 50 y 200 millones. Una cuenta que los demócratas se disponen a cobrar en las elecciones de noviembre.
En este punto, la potencia norteamericana sufría la exitosa estrategia militar de Irán, que por décadas asimiló que Israel y Estados Unidos le impondrían una guerra inevitable, y conociendo la desproporción de su armamento respecto del arsenal norteamericano y la desventaja de enfrentar esa potencia militar en el terreno de las armas convencionales, y en una confrontación rápida (al estilo de las que Israel ha librado contra los países árabes), se preparó para una guerra irregular con armas de bajo coste que produce en cantidades inagotables.
Irán comprendió que las grandes fortalezas navales de los porta aviones y destructores son presa fácil de un enjambre de drones y misiles; que los bombarderos invisibles son vulnerables a los misiles de largo alcance con velocidad super o hiper sónica que Rusia, China o Corea del Norte pueden proveer. Y Trump estaba comprobando que la asimetría que a priori jugaba a su favor, se había vuelto en su contra, con el agregado de que en cuatro semanas sus FF AA habían lanzado lo que sus fábricas tardan varios años en construir. De hecho, racimos Patriots fueron desmantelados de las bases en Japón y otros lugares, y trasladados de urgencia a Oriente Medio.
Es en medio de ese vórtice de adversidades y desencantos, en un estado semejante al de la locura, cuando conforme a la bestialidad de su carácter y el total irrespeto por las formas de la política y la diplomacia, que Trump escribe en su propia red: “esta noche podría desaparecer una civilización”. El gobernante incontrolable se refería a los iraníes, que fueron antes persas, y antes medos, contra los que lucharon los griegos de la edad del bronce y la del hierro. Ciertamente, Trump amenazaba con destruir más de ocho mil años de historia de occidente, y la mera idea causaba escalofríos.
Que la destrucción se ejecutara lo consideré militarmente improbable, pues significaba un suicidio de una nación que requiere del 60% de los suministros de energía para mantener a flote su economía y el bienestar de sus ciudadanos. A parte de que Rusia y China perderían demasiado si negaran sus oficios diplomáticos para encontrar una salida negociada al conflicto, como efectivamente sucedió.
Y con la pompa que acostumbra en sus presentaciones públicas, el 7 de abril Donald Trump anunció haber alcanzado con Irán un acuerdo de cese del fuego temporal de dos semanas. El análisis de las 10 propuestas de Irán y las 15 de Estados Unidos exigen otra ocasión. De momento, interesa destacar aquí, cómo Trump convierte ante su público un descalabro en una victoria. Él mismo y sus portavoces han declarado cumplidos todos los fines de la operación “Furia épica”. Hemos conseguido un triunfo exitoso, hemos acabado con todas las capacidades de ataque de Irán y sus estructuras de defensa, hemos destruido más de cien buques de guerra y su flota aérea, y destruido sus capacidades para enriquecer uranio y construir armas nucleares, dijo en rueda de prensa la portavoz de la casa Blanca; mientras su jefe hablaba orgulloso de haber logrado “un acuerdo” de ese al fuego. ¿No que estaba Irán derrotado?
Lo del acuerdo entre partes es dudoso. Irán desmintió varias veces la existencia de una negociación. Creo que se trata de un arreglo de última hora logrado por los Paquistaníes a ruego de Washington con la muy segura ayuda china, para salvarle la cara a Trump que necesitaba escapar de esa guerra que fue un error grave, pues el régimen iraní sigue en su sitio y disparando sin parar. Los malos resultados militares y políticos estaban a la vista, y la dependencia china del petróleo iraní sirvió a Trump para hacer su propio negocio sin consultar la conveniencia de Israel.
Sin embargo, que lo que Trump llama acuerdo de cese del fuego, no es más que un principio para entablar negociaciones que puedan desembocar en una negociación diplomática y pacífica para oriente medio, pues muy lejos están las partes de superar sus propias líneas rojas. Por lo que las acciones de guerra se reanudarán al vencerse el plazo.
Donald Trump tiene ante sí el cometido de salvar su pellejo de los acosos judiciales, escapar de la emboscada de los demócratas en las elecciones novembrinas, evitar el juicio político en el Congreso que pueda destituirlo, porque todo ello echará por tierra los suculentos negocios que maniobra desde su cargo. Trump es, ante todo, un hombre de negocios que ve uno en todo lo que mira, y ha dejado claro que maneja los asuntos de la política interna y la geopolítica con la misma lógica de los negocios inmobiliarios que lo hicieron millonario, empleando la estrategia del loco.
Solo que no es el loco encantador de la baraja 0 o 22 del Tarot, sino uno muy peligroso con enorme poder que juega con candela y puede incendiar el planeta, o parte de él.
Álvaro Hernández V
Foto tomada de: Radio Nacional de Colombia

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