La exposición del arquitecto colombiano Iván Acevedo no se limita a mostrar proyectos urbanos. Propone algo más ambicioso y, en el contexto actual, profundamente necesario: una reflexión sobre la relación entre agua, territorio y ciudad. En un momento histórico marcado por el cambio climático y la presión sobre los recursos naturales, la muestra invita a recuperar una intuición que las civilizaciones humanas conocieron desde siempre: el agua no pertenece al paisaje como un elemento más. Es la fuerza que lo organiza.
Desde los páramos andinos donde nacen los ríos hasta las grandes corrientes que finalmente encuentran el mar, el agua dibuja rutas invisibles que conectan ecosistemas, culturas y comunidades. A lo largo de la historia, los ríos han definido asentamientos humanos, rutas comerciales y formas de vida. Las ciudades nacieron cerca del agua porque allí era posible cultivar, desplazarse, comerciar y construir comunidad.
Esta relación profunda no es casual. Toda la vida surgió en el agua. Durante millones de años, los océanos fueron el espacio donde aparecieron las primeras formas de existencia. Los organismos que hoy habitan la tierra firme conservan todavía esa memoria. El cuerpo humano está compuesto en gran parte por agua y la vida misma depende de su circulación constante. En la naturaleza, todo lo vivo fluye. Cuando el flujo se interrumpe, la vida se interrumpe o se extingue.
Quizá por eso sentimos una afinidad casi instintiva con los ríos, la lluvia o el mar. El agua nos recuerda el origen común de la vida y el ritmo que la sostiene. Esa intuición atraviesa también el trabajo de Iván Acevedo. Su propuesta urbanística se sitúa justo en el punto donde territorio natural y construcción humana vuelven a encontrarse.
Entre los paisajes de la exposición aparece el valle del Río Chicamocha. Su nombre, procedente de lenguas indígenas, se interpreta como un hilo de plata reflejando la luz nocturna sobre la montaña. La geografía de este río forma parte de uno de los paisajes más impresionantes de los Andes colombianos. El cañón parece esculpido lentamente por el paso del agua durante miles de años, convirtiéndose en memoria visible del tiempo, una escritura geológica que el agua ha ido trazando con paciencia.
La exposición del arquitecto Acevedo tiene por título “El agua como el nuevo ‘Dorado’ en la transformación integral del territorio”, y aquí quiero detenerme un poco. En las altiplanicies cercanas al cañón del Chicamocha habitaron los muiscas, una de las civilizaciones más complejas de la América precolombina. Entre sus rituales más conocidos estaba la ceremonia de El Dorado: el nuevo cacique era cubierto con polvo de oro y se internaba en el agua sobre una balsa ceremonial, mientras se ofrecían piezas de oro a los dioses.
Para los muiscas, ni el oro ni el agua tenían un valor económico; eran elementos de la naturaleza y, especialmente el oro, era considerado un metal sagrado, asociado con el sol y con el equilibrio del cosmos.
La historia tomó un rumbo distinto cuando los conquistadores españoles escucharon hablar de aquel ritual de «El Dorado». Convencidos de que existía una ciudad de oro, emprendieron expediciones obsesivas por montañas y selvas. La paradoja es reveladora: mientras los europeos buscaban oro material como elemento de riqueza, las culturas indígenas comprendían el valor más profundo del agua como fuente de vida y principio de equilibrio territorial. La exposición de Acevedo recupera esa antigua sabiduría: el nuevo oro del siglo XXI no está bajo tierra, sino en proteger y organizar el territorio a partir del agua.
De otra parte, el trabajo del arquitecto Iván Acevedo, en el tema del agua, establece un diálogo interesante con la obra del pintor también colombiano Luis Camargo. En la pintura de Luis Camargo, el agua no es solo un elemento del paisaje, sino una corriente que conecta territorio y memoria. El agua aparece como movimiento, transformación y tiempo, atravesando la experiencia humana. Donde Camargo traduce el agua en metáfora pictórica, Acevedo la convierte en estructura territorial. Ambos parten de una intuición común: el agua no es un detalle dentro del paisaje. Es el sistema que lo sostiene.
Repensar la ciudad desde el agua implica recuperar esa lógica profunda. Durante gran parte del siglo XX, el urbanismo trató de dominar el territorio: los ríos fueron canalizados, enterrados o invisibilizados. El paisaje natural pasó a ser un obstáculo para el crecimiento urbano.
La perspectiva de Acevedo avanza en sentido contrario. La ciudad puede crecer sin romper el sistema ecológico que la sostiene si reconoce el papel estructural del agua. Los ríos dejan de ser fronteras o problemas hidráulicos y se convierten en ejes de paisaje, biodiversidad, movilidad y espacio público. La arquitectura deja de imponerse sobre el territorio y comienza a dialogar con él.
Entre paisaje y civilización se abre un horizonte renovado para el urbanismo contemporáneo. Las ciudades del futuro no se definirán solo por su densidad o tecnología, sino por la forma en que integren los sistemas vivos del territorio dentro de su estructura. El agua vuelve al centro de esa conversación, no como recurso explotable, sino como sistema que sostiene la vida.
Quizá por eso la idea que atraviesa toda la exposición resulta tan poderosa: el agua es el nuevo oro, en el sentido que tuvo “El Dorado” para los indígenas. Quizá finalmente estamos empezando a comprender su verdadero valor.
Sandra Campos, Abogada, ecologista, máster en proyectos de ciudad. Universidad de Barcelona, directora del 4t Seminario Internacional de Convivencia Planetaria: Construimos Biocivilitzación – Barcelona http://biocivilizacion.org/que-es-biocivilizacion/
Foto: Juan Diego Pinzón

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