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El Espejismo de la IA: La brecha ontológica entre la mente humana y el algoritmo

23 marzo, 2026 By Carlos Julio Díaz Lotero Leave a Comment

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Del 17 al 19 de marzo, el Parque Comfama Arví fue sede del seminario-taller “Hacia la gobernanza de la Inteligencia Artificial en la Gestión Pública”. El evento fue convocado por el Sindicato Único de Empleados de Entidades Territoriales (SUNET), la Subdirectiva CUT Antioquia y la Internacional de Servicios Públicos (ISP), contando con el respaldo estratégico del Global Fund for a New Economy y Union to Union, la organización de desarrollo internacional del movimiento sindical sueco.

El seminario – taller realizó un abordaje crítico de la Inteligencia Artificial en la economía, enfocándose en su propósito actual, orientado más a la especulación financiera y la acumulación de ganancias por parte de las grandes corporaciones tecnológicas norteamericanas que lideran la IA a nivel global. Frente a esta realidad, se debatieron acciones sindicales para que la IA sea puesta al servicio del progreso humano y no de la ganancia especulativa. Además del impacto en el empleo, se advirtió sobre los riesgos del uso de esta tecnología como herramienta de manipulación conductual y de la información, que puede ser utilizada en contra de los intereses de los trabajadores y la sociedad en su conjunto. Agradezco a SUNET la invitación que me hicieron para participar en el evento, lo que me llevó a retomar algunas ideas que quiero expresar, producto de las lecturas y análisis que he realizado sobre el tema.

En las últimas décadas, se ha popularizado el término “Inteligencia Artificial” (IA) para describir sistemas de computación cada vez más sofisticados. Sin embargo, esta denominación no es más que un espejismo que oscurece la naturaleza técnica de la herramienta y desdibuja la esencia de la inteligencia como una facultad ontológicamente humana. Es imperativo desmontar este mito, reconocer las verdaderas capacidades y limitaciones de estas herramientas, y nombrarlas con precisión.

La farsa de llamar “Inteligencia” a un Algoritmo

Lo que hoy llamamos “Inteligencia Artificial” no es más que una poderosa extensión de la automatización algorítmica. Estos sistemas, por muy complejos que parezcan, operan bajo un principio fundamentalmente lineal y determinista.

La “Inteligencia Artificial (IA)” se lanzó en los laboratorios RLE ((Research Laboratory of Electronics) del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) durante la década de 1950, como un esfuerzo por demostrar que la inteligencia humana podía simularse y superarse mediante dispositivos de computación digital, pero sus raíces se hunden en una tradición científica errónea que busca reducir la realidad a modelos matemáticos basados en la lógica formal[i].

La IA actual funciona procesando datos paso a paso mediante reglas fijas y cálculos matemáticos. Aunque se diga que estos sistemas pueden “aprender” y modificar sus propias reglas, ese aprendizaje siempre ocurre dentro de los límites del algoritmo original. En última instancia, la IA sigue gobernada por un diseño inicial que permanece inalterado: no puede salirse de la caja que sus creadores programaron.

Siguiendo la tesis de Jonathan Tennenbaum[ii], la IA permanece anclada al concepto de la “Máquina de Turing”: un sistema que transforma datos en resultados mediante reglas preestablecidas. En este contexto, el aprendizaje profundo no es una forma de conciencia, sino un refinamiento estadístico. Es, en esencia, una herramienta optimizando su propia ejecución dentro de los límites infranqueables de su programación original

Según Tennenbaum, la “estupidez” de estos sistemas, en términos analíticos, es inherente. Adhieren rígidamente a sus procedimientos, son incapaces de “pensar fuera de la caja” y, lo más crucial, no poseen comprensión[iii]. Un traductor automático no “entiende” el texto que convierte; un generador de imágenes no “sabe” qué es un árbol; un chatbot no “siente” empatía. Son, en esencia, sofisticadas máquinas de procesamiento de símbolos, ciegas al significado y atrapadas en su propio algoritmo.

La esencia alineal y disruptiva de la Inteligencia Humana

Frente al determinismo algorítmico, la inteligencia humana se revela como una facultad creativa y alineal. Su poder reside en el descubrimiento de principios universales originales, trascendiendo cualquier información previamente codificada o preexistente en el sistema. La inteligencia humana no se limita a resolver problemas dentro de un marco dado; su mayor hazaña es redefinir el marco mismo. Esta capacidad de generar nuevos principios ha sido el motor de nuestra historia. El primer gran salto tecnológico no fue programado por ningún algoritmo: fue el dominio del fuego. Este descubrimiento permitió cocinar los alimentos, revolucionando la digestión humana y liberando energía para el desarrollo del cerebro, un hito que ninguna otra especie ha alcanzado.

Esta es la clave que distingue a la humanidad. Somos la única especie viviente capaz de descubrir principios universales y aplicarlos para aumentar nuestra densidad de población relativa potencial[iv]. Ningún animal puede hacerlo. Nuestro progreso ha estado marcado por una serie de transiciones hacia fuentes de energía cada vez más concentradas y poderosas:

  • De la biomasa al carbón, que impulsó la Revolución Industrial.
  • Del carbón al petróleo y el gas, que multiplicó nuestra movilidad y capacidad productiva.
  • De los combustibles fósiles a la energía nuclear de fisión, primero con uranio y en desarrollo con torio, que promete energía de alta densidad con menor impacto ambiental.
  • Y en el horizonte, la energía de fusión nuclear, que podría representar una fuente de energía prácticamente ilimitada, abriendo las puertas a la exploración espacial, la colonización de Marte y un futuro más allá de nuestro planeta.

Este desarrollo tecnológico, fruto de nuestra inteligencia única, ha transformado radicalmente la condición humana. Pasamos de una población de apenas 10 millones de individuos con una esperanza de vida de 16 años en el Paleolítico, a una sociedad de más de 8 mil millones de personas con una longevidad que hoy roza los 80 años. Este salto de tres órdenes de magnitud en nuestra capacidad de sustentar vida es el testimonio más elocuente de nuestra verdadera naturaleza: la inteligencia humana no es algorítmica, sino creativa; no es lineal, sino disruptiva; y, sobre todo, no es un proceso de cálculo, sino un proceso de descubrimiento de las relaciones de causalidad en el universo

¿Reemplazará la IA a los humanos?

El temor a que la IA desplazará a la humanidad —incluso con escenarios apocalípticos de rebeliones robóticas— es más propio de la ciencia ficción que de la realidad. La IA es, ante todo, una herramienta de optimización:

  • La automatización de tareas repetitivas, como el análisis de datos o la gestión de inventarios, reduce errores y libera tiempo para la creatividad. Sin embargo, esta eficiencia impacta severamente al empleo rutinario, donde la predictibilidad permite la sustitución casi total por algoritmos. Así, los empleos basados en protocolos mecánicos enfrentan una obsolescencia acelerada, desplazando la demanda laboral hacia funciones que exigen juicio crítico y adaptabilidad
  • Acelera la investigación científica, como en el diseño de fármacos o modelado climático, donde procesa información a velocidades imposibles para el cerebro humano.

Sin embargo, su naturaleza es lineal y acotada: opera dentro de parámetros predefinidos y datos históricos. A diferencia de la mente humana —capaz de pensamiento no lineal, creatividad y ruptura de paradigmas—, la IA no genera ideas originales.

Un ejemplo paradigmático de esta limitación es su incapacidad para generar humor genuinamente innovador. Si bien herramientas como ChatGPT pueden recombinar estructuras y contenidos de chistes preexistentes —como pude comprobar al solicitarle uno “nunca antes contado”—, su resultado se reduce a variaciones lineales dentro de marcos conocidos.

Mientras que la IA opera mediante un pensamiento convergente que optimiza patrones en datos históricos de forma incremental, la mente humana ejerce un pensamiento divergente capaz de conectar percepciones inconexas para generar hipótesis disruptivas. Esta facultad permitió a Kepler transformar la astronomía al proponer órbitas elípticas y leyes de movimiento físico donde antes solo se veían motores divinos, y a Einstein revolucionar la física al unir conceptos de espacio y tiempo en la relatividad. En última instancia, esta brecha no es tecnológica, sino ontológica: la creatividad humana emerge de la capacidad de cuestionar —e incluso destruir— los paradigmas que la IA solo sabe replicar.

La tecnología y sus riesgos: El caso de la IA

Ninguna de las capacidades humanas que nos han llevado a este punto reside en una computadora. Por lo tanto, denominar “inteligencia” a la automatización algorítmica no solo es un error conceptual, sino un insulto a la naturaleza humana. Como advirtió Tennenbaum, el verdadero peligro no es que las máquinas se vuelvan más inteligentes que nosotros, sino que nosotros, seducidos por la aparente fluidez de su “lenguaje” y la eficacia de sus resultados, terminemos por volvernos tan estúpidos que olvidemos la diferencia.

Esto nos lleva al corazón del problema de la IA como tecnología. Como cualquier creación humana poderosa, no es intrínsecamente buena o mala, sino una herramienta cuyo impacto depende del uso que le demos. Hoy ya vemos sus riesgos:

  • En la guerra, como en los conflictos actuales, se utiliza para sistemas de identificación de blancos con márgenes de error alarmantes, y para campañas de desinformación y manipulación de la opinión pública a una escala y velocidad sin precedentes[v].
  • Su naturaleza de “caja negra”, donde ni siquiera sus creadores comprenden plenamente sus procesos internos, la convierte en un arma de doble filo, propensa a errores catastróficos e impredecibles.

Este riesgo es análogo al que enfrentamos con la energía nuclear. El dominio de la fisión nuclear nos ha dado la capacidad de generar electricidad limpia, tratar el cáncer con radioterapia, mejorar la agricultura mediante la irradiación de alimentos y crear nuevos materiales. Pero esa misma ciencia también nos permitió construir armas capaces de destruir nuestro planeta. La cuestión no es la tecnología en sí, sino la sabiduría, la inteligencia, la ética y la responsabilidad humana con la que la guiamos.

En un artículo de Jonathan Tennembaum publicado en Asia Times[vi] plantea que la inteligencia artificial (IA), especialmente los grandes modelos de lenguaje, representa un peligro tan profundo como el de las armas nucleares. Sostiene que, aunque es improbable que la IA alcance una inteligencia general humana, su verdadero riesgo radica en la capacidad actual de los sistemas de “aprendizaje profundo” para manipular psicológicamente a las personas a gran escala, condicionar su comportamiento y ser integrados en “supersistemas” jerárquicos incontrolables. Ante esta amenaza de pérdida de control sobre la sociedad, el artículo concluye que no se debe restringir el desarrollo de la IA en sí, sino regular urgentemente su proliferación en todas las esferas de la actividad humana y asegurar una supervisión humana efectiva.

La distinción necesaria: Inteligencia Humana frente a Sistemas Algorítmicos.

Es momento de despojar a esta tecnología de su disfraz antropomórfico. Llamarla “Inteligencia Artificial” es un engaño que nos confunde sobre lo que es y lo que no es. Debemos llamarla por lo que realmente es: Automatización Algorítmica Avanzada (AAA) o, de forma más directa, Sistemas de Automatización Cognitiva (SAC).

Estos términos describen con precisión su naturaleza: son sistemas que automatizan procesos mediante la ejecución de algoritmos, imitando ciertos aspectos de la cognición humana sin poseer su esencia. Al hacerlo, liberamos el término “inteligencia” para describir aquello que realmente nos define: la capacidad creativa, alineal, disruptiva y descubridora que nos ha permitido dominar el fuego, descifrar el átomo, alcanzar las estrellas y trascender los límites biológicos que constriñen a todas las demás formas de vida.

El desafío de nuestro tiempo no radica en replicar la inteligencia en una máquina, sino en ejercer nuestra propia capacidad intelectual para desarrollar y regular estas potentes herramientas de automatización. Debemos hacerlo con responsabilidad, ética y un propósito orientado al bien común, garantizando que la técnica sea un motor de progreso y no un artefacto que termine por esclavizarnos.

________________________

[i] https://www.youtube.com/watch?v=WCM0h9TX7cY

[ii] Jonathan Tennenbaum (Ph.D., matemáticas) fue editor de la revista FUSION y ha escrito sobre una amplia variedad de temas de ciencia y tecnología, incluidos varios libros sobre energía nuclear. También es colaborador internacional del Instituto de Filosofía e Historia de la Ciencia de la Universidad de Lisboa, trabajando en enfoques alternativos a la física cuántica.

[iii] https://msiainforma.org/es/espanol-la-estupidez-de-la-inteligencia-artificial/

[iv] A diferencia de la densidad de población absoluta (número de personas por kilómetro cuadrado), la densidad de población relativa potencial mide la capacidad de una sociedad para sustentar una población creciente con un nivel de vida en ascenso, en función de su dominio sobre la naturaleza a través de los avances científicos y tecnológicos.

[v] Un artículo de Verificat explica que la IA Grok contribuyó a difundir desinformación al afirmar erróneamente que imágenes del bombardeo a una escuela en Irán, donde EE.UU. asesinó a 180 niñas, correspondían a un ataque en Afganistán en 2021. En realidad, las imágenes eran auténticas y actuales. El caso evidencia cómo estos sistemas pueden amplificar bulos, especialmente en contextos de noticias urgentes, y cómo sus rectificaciones suelen tener menor alcance que el error inicial. Ver: https://www.verificat.cat/es/grok-desinformacion-escuela-iran-afganistan/

[vi] https://www.conclusion.com.ar/info-general/es-la-inteligencia-artificial-mas-peligrosa-que-la-bomba-atomica/04/2023/

Carlos Julio Díaz Lotero

Foto tomada de: Iberdrola

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Filed Under: Revista Sur, RS Desde el sur

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