Uribismo y petrismo han sido los dos “ismos” que con mayores intensidad y eficacia han producido identidades, luego de la crisis sufrida por los partidos tradicionales. Son dos sombras, muy activas, poco evanescentes, paradójicamente muy encarnadas en actores reales, que vuelven a ocupar las arenas electorales, con la competencia entre el tensamente sosegado y muy serio Iván Cepeda, por un lado; y, por el otro, los dos candidatos desafiantes, los más puntillosos y pendencieros, Abelardo De La Espriella, outsider sin partido, y Paloma Valencia, heredera de una dinastía política de raigambre conservador; por cierto candidatizada por el Centro Democrático, el partido de un Uribe Vélez, cada vez más cargado hacia el punto extremo de la derecha, un lugar ideológico en el que se posiciona, sin competencia amenazante, a fin de combinar el legado del viejo poder regional basado en la gran propiedad rural y un vibrante neo-liberalismo al estilo de Javier Milei, el presidente argentino: una mezcla, a partir de la cual aspira a distribuir su apoyo, según el momento y las circunstancias, entre el histriónico pero desenvuelto abogado penalista y la locuaz pupila, que por lo demás hace esfuerzos por moderarse y ajustar su discurso, antes más desconectado e incontrolable. Ambos candidatos componen una pareja que danza como la némesis bicéfala, como el antagonismo bifronte, de todo lo que hoy podría significar progresismo y cambio social.
En otras palabras, son tres los candidatos fuertes; pero solo dos los grandes bloques de la opinión, la izquierda y la derecha; más o menos definidos; si bien aparecen por momentos fragmentados, incluso gaseosos; y de todos modos, prisioneros aún de las antiguas afiliaciones, las de unas lealtades ancladas en el siglo XX y, por qué no, atadas a unos lazos de pertenencia decimonónicos, con esa rocosa fragancia de clan familiar, de latifundio y esclavitud; o en otro caso, con ese barniz de radicalismos liberales y de ancestros artesanales.
Acaso, no se intuye en el petrismo algo así como la irrupción de la sociedad pobre, fragmentaria y periférica que reclama justicia, que reivindica su inserción en el desarrollo y el progreso. O no se vislumbra quizá en estos tiempos de rutinas políticas insufribles, algo similar a la reproducción estacionaria de la gran propiedad agraria, de la subcultura que le es propia, de su clientelismo estructural y su servidumbre; no se vislumbran acaso, esos vicios y fijaciones atemporales en el uribismo y en lo que va quedando del “liberalismo” y el “conservatismo”.
La carrera electoral y sus incidencias
De todas maneras, esta carrera presidencial arrojará como saldo en la primera vuelta un candidato de izquierda y otro de derecha; naturalmente sin que los descaecidos partidos tradicionales -el liberal y el conservador- hubieran tenido candidato propio; y sin que el “centro”, el de los independientes del “centro-centro”, hubiese reunido el suficiente vigor para estar en el partidor de la segunda vuelta. Que si ese “centro” -ahora comprometido en sus esfuerzos por armar su propia consulta- consiguiera estar en ese punto de arranque, sería porque desplazó en la recta final a los caballos competidores de la derecha, algo que no suena como una opción realista.
El evento por venir tiene todas las condiciones para convertirse en una re-edición del modelo 2022: un Iván Cepeda Castro a las puertas de repetir la hazaña de Petro, frente a De La Espriella y a Paloma, en una especie de prolongación de roles en el tiempo, como si aparecieran redivivos Rodolfo Hernández y Fico Gutiérrez. Personajes que, dicho sea de paso, fueron apoyados consecutivamente por todo el establecimiento político. Y que detentaron juntos una votación mayor que la de su oponente de izquierda, lo que no se tradujo posteriormente en una mayoría triunfadora, cuando ya fue uno solo, el deslenguado Rodolfo, el que asumió después del mes de mayo el reto de congregar el caudal electoral del país conservador, prejuicioso y reactivo. Dicho de otro modo: Paloma es Fico y De La Espriella es Rodolfo Hernández. Los dos primeros cobijados por un uribismo que no termina por re-conquistar su sitio de adalid contra las FARC, porque estas sencillamente ya no existen; y los otros dos, con su espontaneidad, a veces atrayente, a veces poco convincente; además, con su lucha contra la corrupción y la maldad, blandiendo una moralidad y un coraje, nada creíbles.
¿Y cómo van las apuestas?
Esos gabinetes de quiromancia electoral, transformados ahora en sofisticadas empresas de encuestas y sondeos, han comenzado a ofrecer con mayor precisión los primeros vaticinios, como si los proyectaran en pantallas con una más alta definición: Iván Cepeda y Abelardo De La Espriella, los dos más enconados competidores, los que enseñan un juego de alternativas más distantes ideológicamente el uno del otro, aparecen en punta, con una ventaja considerable, respecto de los que ya se insinúan colgados de cara al ascenso que se avecina.
Si estas encuestas fueran confiables; y en este caso no tendrían por qué no serlo, dada su coincidencia con el ambiente que se respira, la izquierda ya dispone de un candidato seguro, el indestronable Iván Cepeda, que con las cotas a las que sube, un 30 o 33%- equivalentes a unos 7 u 8 millones de votos- pasa con mucha solvencia a la segunda vuelta, una votación comparable a la del candidato Gustavo Petro hace cuatro años, flamante conquistador de ocho millones y medio de votos, equivalentes a casi el 40%, algo que indica los márgenes de crecimiento que todavía tiene por delante el candidato del Pacto Histórico.
En la derecha, en cambio, De La Espriella no las tiene todas consigo. Claro, ha contado con un crecimiento explosivo que, por ello mismo, puede tornarse volátil; con la circunstancia adicional de que tropieza con una amenaza competitiva en su propio campo, la que representa Paloma Valencia, postulada por Uribe Vélez y beneficiaria del apoyo que dispensa el Centro Democrático, un aparato político, de casi dos millones de votos, plataforma nada desestimable. Por cierto, contará con otra base de relanzamiento, si gana la Consulta de un “Centro-derecha”, que se ha abierto al uribismo al dejar que entrara la nieta de Guillermo León Valencia, si bien encarna el uribismo más acendrado; este último, una presencia muy lejana de cualquier “centro-derecha” que se respete; es como si se tratara de la operación de un “caballo de Troya”, al que le abren obsecuentemente las puertas de la ciudad para un asalto consentido; de modo que la disputa en el campo de la derecha se emparejará, en el pedregoso camino hacia la primera vuelta en mayo.
Entre tanto, el “centro-centro”, en el que se inscribe una personalidad como Fajardo, instalado en un espacio político que no ensancha esas fronteras en las que se construye como referente de identidad, las que al contrario no han hecho más que estrecharse a medida que aparecieron nuevas opciones, unas del propio “centro” que le arañaban el frágil terreno y otras más contrastadas que le jalonaban votantes potenciales para sus respectivas trincheras, quizá más seguras y confortables, en la fijación de identidades.
Y eso que, paradójicamente, el inmenso 45% de los ciudadanos se reclama políticamente de esa franja intermedia, la que está situada entre los “extremos”, que con su polarización tienden a fatigar al elector. Pues bien, a pesar de esas condiciones aparentemente favorables, un candidato tan perseverante como este profesor de matemáticas corre el riesgo de confinarse en los límites de la irrelevancia, pues los “extremos” también saben atraer al votante centrista, para lo cual utilizan armas tales como el perfil de sus candidatos (quizá por esa razón Uribe dejó por fuera a la impotable María Fernanda y en otro momento seleccionó al dócil Duque); así mismo acuden a propuestas con un target definido en favor de ciertos sectores o estamentos; por último, ofrecen la garantía de un cierto continuismo en el largo plazo, que no asuste al ciudadano amigo de la estabilidad.
El respaldo de Sergio Fajardo oscila entre un desconsolador 1% y el 10%, este último porcentaje, la cima en que lo sitúa la encuestadora de Carlos Lemoine, una cifra que, de todas maneras, lo dejaría sin ningún chance para coronar en la primera vuelta; se trata de un escollo difícil de superar aún si se le sumaran los apoyos de Claudia López, que lo pondrían apenas en el 13%, un porcentaje muy rezagado frente a los que entraron hace cuatro años.
A no ser que sobreviniera un giro inesperado en la opinión, capaz de catapultarlo por encima del abogado De La Espriella, personaje que por momentos parece sentir que está tocando techo, pues comienza a hablar de que pueden robarle la elección, alegato sospechoso que por momentos nace de la impotencia o de esa malhadada impresión que surge cuando se empieza a patinar en vez de avanzar. Con todo, un desplome del abogado penalista, entrañaría más bien un ascenso correlativo de la ungida por Uribe Vélez.
Las intenciones del voto.

Los promedios de las encuestas comparadas muestran, primero, a un izquierdista Cepeda imbatible con el 30%; en segundo lugar, a un derechista De La Espriella con un 18%; en tercer lugar, al centrista Fajardo, con el 5%; y, por último, a la muy conservadora Paloma Valencia, con su 4%.
Ahora bien, la Consulta del “centro-derecha+ el uribismo” puede dar un impulso especial a Paloma, si ella la gana el 8 de marzo, como se podría deducir, por el empuje que le imprima el Centro Democrático, aunque alguna encuesta pone a esta candidata emparejada con Juan Manuel Galán y Vicky Dávila, periodista esta última que por supuesto, tampoco tiene mucho de centrista.
En esas condiciones, la primera vuelta representaría el escenario para que sea resuelta la candidatura única de la derecha, después de que fracasara estruendosamente la iniciativa de Cesar Gaviria y Álvaro Uribe Vélez, la que proponía sacar un candidato, mediante acuerdos; encuestas de por medio; es decir, por el atajo del transaccionismo entre los partidos y facciones que conforman esa constelación del tradicionalismo clientelista, una operación concebida por una jefatura liberal cada vez más impotente, que la pensó sólo con el propósito de cerrarle el paso a un nuevo gobierno de izquierda.
Hace cuatro años, dentro de este fragmentado campo conservador, Fico consiguió el 22% de la votación, mientras Rodolfo Hernández lo superó con el 28%, escores que sumados alcanzaban el 50%. Sólo que en la vuelta definitiva el exalcalde de Bucaramanga perdió con el 47%, afectado por una visible deserción de electores, un 3% que entre una vuelta y la otra abandonó los campamentos de la derecha, probablemente con destino al campo adversario, el de un candidato Petro, que recolectó poco menos de tres millones de votantes adicionales en ese tránsito hacia la vuelta final, una cosecha en la que seguramente entraron parte de los votantes del pastor evangélico John Milton Rodríguez y del propio Sergio Fajardo que aún en medio de su descolgada obtuvo 900 mil, sin que todos ellos hubieran optado por el voto en blanco.
Son antecedentes que revelan la existencia de una franja flotante, susceptible de migrar de un lado para el otro; y que por lo pronto estaría parcialmente refugiada entre los indecisos, aunque otro de sus segmentos se inclinaría tempranamente por el muy adusto Iván Cepeda Castro, pues las encuestas lo dan como ganador amplio en todos los escenarios presentados a los ciudadanos encuestados por las casas de sondeos. Naturalmente, se trata de pronósticos prematuros, condición que no elimina la cuestión pertinente acerca del destino de esos electores flotantes, de la orientación de sus expectativas.
Ricardo García Duarte
Foto tomada de: La Silla Vacía

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