Uno de los ejemplos más extremos de esta dinámica fue el concepto de Lebensraum —espacio vital—, formulado originalmente en el ámbito de la geografía política y transformado por el régimen nazi en una justificación total de la expansión territorial, la guerra de agresión y el genocidio. Bajo la apariencia de una necesidad natural, el Lebensraum convirtió la violencia en destino y la conquista en derecho.
Salvando las distancias históricas y sin caer en analogías simplistas, la evolución contemporánea del concepto de seguridad nacional en la política exterior de Estados Unidos revela una deformación inquietantemente similar. Lo que nació como un principio defensivo limitado ha mutado en una doctrina expansiva y global, que se arroga el derecho de intervenir, sancionar, bombardear y reconfigurar regiones enteras del planeta en nombre de una seguridad definida unilateralmente.
La comparación no busca equiparar regímenes ni borrar diferencias fundamentales, sino mostrar un mecanismo recurrente del poder: cuando una noción deja de ser un medio y se transforma en un fin absoluto, el derecho se disuelve y la violencia se normaliza.
En Mein Kampf, Adolf Hitler integró el Lebensraum en una cosmovisión racial jerárquica. El espacio vital ya no era una condición del Estado, sino un derecho exclusivo del “pueblo alemán”, concebido como una entidad racial superior. Europa Oriental fue redefinida como territorio disponible, habitado por pueblos prescindibles.
Aquí se produjo el salto definitivo: la guerra dejó de ser un instrumento excepcional y se transformó en un mecanismo natural de reorganización del mundo. Como advirtió Hannah Arendt, esta ideología eliminó la distinción entre guerra y paz, inaugurando una violencia permanente.
El Lebensraum fue el fundamento ideológico de la invasión de Polonia, de la Operación Barbarroja y del proyecto colonial nazi en Europa del Este. No se trataba solo de conquistar territorios, sino de reorganizar demográficamente el espacio: expulsar, esclavizar o exterminar poblaciones enteras.
El genocidio judío y el asesinato masivo de pueblos eslavos, gitanos y otros grupos no fueron excesos accidentales, sino consecuencias lógicas de una concepción espacial del poder.
El jurista Carl Schmitt, sin ser arquitecto del genocidio, proporcionó un marco teórico funcional a esta lógica al subordinar el derecho a la decisión soberana y concebir el orden internacional como una relación entre “grandes espacios”. En ese esquema, la legalidad se vuelve contingente y la fuerza, decisiva.
El concepto de seguridad nacional, en su formulación clásica, surge con el Estado moderno. Desde la Paz de Westfalia, la seguridad se entiende como la capacidad de preservar la integridad territorial, la autonomía política y la supervivencia de la población frente a amenazas externas. Es, por definición, limitada y defensiva.
Tras las dos guerras mundiales, la creación de un orden jurídico internacional —con la Carta de las Naciones Unidas como pilar— introdujo límites explícitos al uso de la fuerza. La seguridad debía coexistir con el derecho internacional, no anularlo.
Esa arquitectura comenzó a erosionarse a lo largo del siglo XX, pero fue en la experiencia estadounidense donde la mutación alcanzó su forma más acabada.
Durante buena parte de su historia temprana, Estados Unidos concibió su seguridad en términos continentales. Sin embargo, tras la Segunda Guerra Mundial y en el contexto de la Guerra Fría, la seguridad nacional adquirió una dimensión global.
La doctrina de la contención amplió el perímetro de la seguridad estadounidense hasta abarcar prácticamente todo el planeta. Cualquier región podía convertirse en escenario de confrontación estratégica. Aunque presentada como defensiva, esta lógica legitimó intervenciones en Asia, África y América Latina.
El 11 de septiembre de 2001 marcó un punto de inflexión. La Doctrina Bush introdujo la guerra preventiva: la posibilidad de actuar militarmente sin una amenaza inminente. La invasión de Irak en 2003, basada en premisas falsas, consolidó una lógica en la que la seguridad dejó de depender de hechos y pasó a apoyarse en hipótesis y construcciones discursivas.
Como advirtió Giorgio Agamben, el estado de excepción se normalizó y se convirtió en técnica permanente de gobierno.
En las estrategias de seguridad del siglo XXI, el acceso a recursos estratégicos, rutas comerciales, infraestructura digital y sistemas financieros ocupa un lugar central. La seguridad deja de ser militar y se vuelve sistémica.
Territorios soberanos pasan a ser considerados “espacios de interés vital” por su valor económico. La analogía con el Lebensraum resulta inevitable: ya no se habla de raza o biología, sino de mercados, cadenas de suministro y estabilidad financiera. El lenguaje es tecnocrático; la lógica, expansiva.
El derecho internacional se subordina a los intereses de una potencia dominante, y la violencia extraterritorial se normaliza.
Uno de los cambios más profundos de esta mutación es el desplazamiento del sujeto protegido. La seguridad ya no protege prioritariamente a la población o al orden constitucional, sino a corporaciones financieras, tecnológicas y militares, cuyos intereses se confunden con los del Estado.
El complejo militar-industrial denunciado por Eisenhower se ha expandido para incluir a Wall Street, las grandes tecnológicas y el sector energético. La guerra y la inestabilidad se convierten en oportunidades de acumulación. La consecuencia más grave de esta lógica es la desinhibición moral. Cuando la violencia se presenta como necesaria para la seguridad global, los límites éticos se vuelven negociables.
El respaldo estadounidense a la devastación de Gaza, bajo el argumento de la autodefensa y la estabilidad regional, ilustra esta deriva. La catástrofe humanitaria, señalada por expertos y organismos internacionales, no es una anomalía, sino una expresión coherente de una seguridad nacional deformada. De esa misma catadura son la intervención ilegal en Venezuela para defender los intereses —no del pueblo norteamericano, sino de algunos de los grandes donantes de Trump: las petroleras—; en la misma dirección se proyecta la amenaza de anexar Groenlandia. La humanidad se ve intimidada desde Dinamarca hasta Cundinamarca.
Aliados estratégicos y Estados Unidos pueden ejercer violencia ilimitada si contribuyen al orden geopolítico dominante. El sufrimiento civil queda subsumido bajo la abstracción de la “estabilidad”.
La expansión desmesurada de la seguridad nacional estadounidense no es signo de fortaleza, sino de declive estructural. Como advirtió Paul Kennedy, las potencias en decadencia tienden a sobre extenderse militarmente cuando sus bases productivas se erosionan.
El endeudamiento, la desindustrialización y la pérdida de legitimidad internacional empujan a una intensificación de la coerción externa. El uso del dólar y del sistema financiero como armas geopolíticas acelera la fragmentación del orden global.
La expansión de los BRICS y la promoción del sistema de pagos alternativo a SWIFT, conocido como BRICS Payde, lo cual impacta a EE. UU. al disminuir su influencia financiera y acelerar la tendencia a la desdolarización, desafiando el poder del dólar en las transacciones globales y, por ende, su control sobre la deuda. Si a ello sumamos la guerra que USA está perdiendo en la disputa por los minerales raros con China el monopolio histórico de Washington está amenazado. La seguridad nacional, utilizada como boomerang, contribuye a erosionar el sistema que pretendía proteger.
El paralelismo entre el Lebensraum nazi y la seguridad nacional deformada no es una provocación retórica, sino una advertencia histórica. Cuando un poder se arroga el derecho de decidir qué territorios, qué pueblos y qué vidas son prescindibles, el desastre no es una posibilidad: es una certeza.
La humanidad enfrenta una disyuntiva clara. O reconstruye un orden internacional basado en el derecho, la cooperación y la soberanía de los pueblos, o se precipita hacia una era de violencia sistémica donde la seguridad, vaciada de contenido, se convierte en el nuevo nombre de la dominación. Porque la historia demuestra que cuando las palabras prometen protección ilimitada, suelen estar preparando el terreno para la destrucción sin límites.
Carlos Guarnizo
Foto tomada de: CNN

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