Se han dicho muchas cosas en la coyuntura que viven Colombia y Venezuela y que arrastra a más países de América Latina en estos años de declive de Estados Unidos. Sin embargo, poco se dice que el detonante de lo que viven Colombia y Venezuela es la debilidad estructural de sus economías por su dependencia de los minero-energéticos y de otros bienes primarios con escaso valor añadido nacional.
Este es el centro de la crisis, explica el tono altisonante de Trump y los temores de los países latinoamericanos, porque así lo aceptaron sus dirigencias y firmaron la defunción anticipada de sus naciones, puesto que la falta de inversión en ciencia y tecnología deriva en la pérdida de soberanía, dado que también afecta los sistemas de educación y de producción.
La extracción de petróleo de Venezuela alcanzó en 1970 un pico de 3.6 millones de barriles diarios (antes de la nacionalización en 1976), luego tuvo otro pico de 3.2 millones de barriles día en 1999, vino el embargo petrolero y ahora solo produce 1 millón de barriles. En este contexto, las petroleras extranjeras fueron cerrando operaciones. La última en salir será Chevron cuando expire una licencia especial otorgada en 2019 por el presidente Biden y vigente hasta este año. Se fueron las multinacionales y se llevaron la tecnología. Venezuela, vía PDVSA, ha realizado pocos desarrollos tecnológicos y ha creado pocos eslabones de las cadenas productivas a partir del petróleo.
De las exportaciones del crudo dos tercios van a China y el 23% a Estados Unidos. Por lo tanto, la decisión de Trump es también una decisión contra China, que ha respondido con medidas poco difundidas en el patio trasero. “… estas medidas se empezaron a implementar desde las 9:15 a.m. del 4 de enero, incluyendo términos comerciales preferenciales inmediatos para 23 países, empezando por los BRICS, donde también está México, y cerró el 5 de enero cuando activó el arma financiera mediante la cual ofrece una alternativa para evitar el sistema SWIFT controlado por Washington…” (Venezuela: China responde a tope. Kurt Grötsch).
Temas que son tan importantes como la agitación mediática de las intervenciones militares de Estados Unidos en Colombia y Venezuela, e intervenciones electorales en América Latina (Argentina, Brasil, Ecuador, Honduras, y también Colombia), que permiten analizar qué efectos tendrán en la reorganización del multilateralismo, de sus instituciones, de los flujos de producción y de comercio mundial, y sus relaciones con China y con Rusia que ya salió a defender la inversión que hizo en Venezuela para extraer petróleo.
Venezuela sin industria
Si comparamos lo que hacen Petrobras vs PDVSA y Ecopetrol, las diferencias son abismales. Petrobras tiene el CENPES, un enorme complejo de investigación y desarrollo (I+D) ubicado en el parque tecnológico de la Universidad Federal de Rio de Janeiro, y varios centros más en distintas ciudades y regiones de Brasil. El CENPES es líder mundial en investigación sobre descarbonización, exploración de petróleo en aguas profundas, entre otras innovaciones de gran suceso.
A Venezuela, la dependencia tecnológica más la fuga de personal técnico de alto nivel, la dejaron huérfana de capacidades técnicas para aumentar rápidamente la producción de petróleo. Ya dijeron las multinacionales que retornar gradualmente a volúmenes de 2.0 y 3.0 millones de barriles diarios, tomará años. Por eso Trump apura amenazar a Groenlandia donde existen reservas estimadas en 13% del total mundial.
Venezuela no desarrolló cadenas de producción basadas en la transformación del crudo, ni ha tenido un plan para industrializar el país con base en otros recursos naturales. Venezuela es una inmensa riqueza en bruto. Detrás de las conjeturas de cómo sucedió la extracción de Maduro, están las debilidades asociadas a su dependencia y atraso tecnológico. Si una economía no desarrolla tecnología, incluida para su defensa, es explotado y conducido a comprar armamento que poco o nada le servirá. Putin armó a Venezuela y ni un misil disparó cuando los helicópteros de ataque de Estados Unidos fueron por Maduro y su esposa.
Colombia debe apurar la reindustrialización
La situación de Colombia presenta matices distintos. A diferencia de Venezuela, no posee riquezas naturales de la misma magnitud, y su truncado proceso de industrialización fue neutralizado en 1991 con la apertura neoliberal. Desde entonces, se entregó la soberanía productiva a las multinacionales extractivistas de carbón y petróleo, y a las rentas de cultivos ilícitos. Colombia no “sembró” esas bonanzas: los recursos se esfumaron por los ductos fiscales sin transformar la estructura productiva del país.
Entre 1991 y 2022, las políticas de competitividad se limitaron a mejorar y gestionar lo que sobrevivía de la agricultura e industria de productos finales tradicionales (textiles, confecciones, muebles, manufacturas de cuero, ensamble de vehículos, entre otros). Se ignoró la necesidad de elevar la productividad mediante la diversificación, la innovación, el emprendimiento y el fomento de industrias y servicios de alta tecnología, que son las únicas capaces de generar empleo de calidad y reducir la informalidad estructural. Una economía en “estado perpetuo de adolescencia traumatizada” – como la nuestra – solo podrá madurar cuando la reindustrialización sea una política de Estado vigorosa, ejecutada con visión de largo plazo.
A más desarrollo productivo y tecnológico, menos informalidad, salarios más altos, menos fuga de cerebros, y más recursos públicos y privados para inversión. La discusión por el salario mínimo vital, es una discusión de una economía en estado perpetuo de adolescencia. Estos temas y más, son parte de la política nacional de reindustrialización, que tímidamente empezó a ejecutar el actual gobierno y que debe impulsar con vigor y sin temores el siguiente gobierno progresista, porque la oposición política no entiende del tema.
El rezago tecnológico también es evidente en la seguridad nacional. Nuestro ejército, entrenado para una guerra de guerrillas que ya es anacrónica en el contexto global, depende de equipos obsoletos o de mantenimiento extranjero (EE. UU. e Israel). En este escenario, el sector defensa es una de las cuatro propuestas dentro de la política nacional de reindustrialización. Por eso es un acierto la directriz de ordenar la producción de vehículos de combate, y fortalecer la industria naval de Cotecmar, ejemplo de lo que es una empresa de I+D+i. Asimismo, la inversión de 6.2 billones de pesos en un Escudo Nacional Anti Drones (1 billón de pesos en 2026), debe tener como objetivo irrenunciable el desarrollo de capacidades científicas, tecnológicas y productivas.
Si este gasto no incluye una transferencia real de tecnología que garantice autonomía, será simplemente otra transferencia de riqueza a empresas extranjeras.
Colombia negoció mucho mejor los Gripen que los Kafr, pero no tan bien como los brasileros, porque Satena no es Embraer, sin embargo, es un avance. Negociar bien hace parte de las capacidades que se pueden lograr con la reindustrialización. La reindustrialización basada en la dependencia tecnológica es una contradicción teórica y práctica, lo dice la economía de la innovación desde la revolución industrial.
Los ilegales usan drones, y la guerra de Ucrania, en los dos primeros años fue una confrontación de tanques, aviones, misiles y artillería como en las guerras de comienzos de este siglo, pero en los dos últimos años se convirtió en la guerra de los drones. No está lejano el día en que habrá drones nucleares.
La dependencia de Colombia abruma, las políticas neoliberales hicieron enorme daño. Lo convirtieron en un país con teorías fallidas. Por eso, los principales instrumentos de la ultraderecha son el fake, la mentira, la entrega de la soberanía y de la dignidad, la seguridad basada en construir inseguridad, y su discurso general es superficial.
La reindustrialización, incluso, antes que la paz y la equidad, debe ser la prioridad en las políticas de Estado. Si hay reindustrialización hay mejores políticas sociales, mejor Estado, y nuevas oportunidades para la sociedad, permitiendo que las reformas sociales tengan un fluido trámite que ponga a funcionar mejor la economía, la sociedad y los poderes del Estado, hoy devastados por la corrupción, el saqueo, la fragmentación y el atraso de las políticas.
El futuro no espera
El Pacto Histórico puede profundizar la reindustrialización y dar sentido a las reformas de la Asamblea Constituyente. Debe reformarse la constitución para construir un modelo de economía de la innovación donde sean acogidas las reformas sociales, para elevar la inversión en educación y en ciencia y tecnología. La ultraderecha y el centro tienen endosado su pensamiento a una idea de economía de un Estado fallido.
Por lo dicho y más, es bueno que el presidente Petro vaya a la Casa Blanca con una mentalidad distinta, porque el ajedrez mundial está explorando nuevas jugadas. El camino a construir es para recorrerlo con paciencia, inteligencia, visión y creatividad.
Jaime Acosta Puertas
Foto tomada de: France 24

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