Este brutalismo encuentra una de sus expresiones más visibles en los discursos grotescos, obscenos y deliberadamente vulgares promovidos por Donald Trump y amplificados por los ideólogos y aparatos mediáticos de la extrema derecha estadounidense.
La tristemente célebre frase atribuida al secretario de comercio estadounidense Howard Lutnick —“con el presidente Trump, el capitalismo tiene un nuevo sheriff”— pronunciada en una cena organizada por Larry Flynk, director de BlackRock, funciona como una imagen explícita de este proceso: el Estado ya no se presenta como mediador entre intereses sociales, sino como brazo armado del capital financiero global. Esta escena no es anecdótica, sino estructural: revela la fusión entre poder político y corporativo, celebrada sin pudor, sin máscara ideológica y sin retórica democrática.
En este régimen, el discurso ya no busca sentido, sino impacto. La brutalidad verbal funciona como una demostración de soberanía: quien puede insultar públicamente sin consecuencias demuestra que está por encima de la ley, de la moral y de las normas compartidas. El brutalismo, entonces, no es un exceso: es una tecnología de poder. “A Groenlandia solo le queda la anexión” para requerir su despojo.
Trump encarna esta lógica de forma paradigmática. Expresiones como “cállate cerdita” o “todos me llaman para besarme el culo” —independientemente de su literalidad exacta— exhiben un estilo político basado en la deshumanización del otro y la revelación de dominio. El mensaje no es solo lo que se dice, sino el hecho de poder decirlo.
La violencia verbal no es un fenómeno retórico aislado, sino una fase temprana dentro de una dinámica escalonada de radicalización del conflicto. El discurso que deshumaniza estigmatiza o normaliza el insulto construye marcos cognitivos que legitiman el uso de la fuerza y reducen los costos morales de la violencia física. Cuando actores políticos, mediáticos o institucionales convierten al “otro” en amenaza existencial o en sujeto indigno de derechos, se erosiona el consenso normativo que sostiene la convivencia democrática y se habilita el paso del agravio al castigo. En este sentido, episodios como el genocidio en Gaza o la virulencia contra la misma población norteamericana son la deriva del insulto al crimen. Esto no puede entenderse sin analizar previamente la acumulación de discursos que banalizan el daño y presentan la agresión como respuesta necesaria, defensiva o incluso moralmente justa.
Berardi advierte que este abandono del lenguaje racional está ligado al agotamiento cognitivo del capitalismo tardío. Cuando el sistema ya no puede prometer futuro, ofrece goce cruel: la satisfacción de ver al otro humillado.
La frase pronunciada en el entorno de Larry Flynk y BlackRock es brutal precisamente porque dice la verdad sin eufemismos. El “sheriff” no gobierna: hace cumplir. No representa a la ciudadanía, sino que protege la propiedad, disciplina a los trabajadores y garantiza las condiciones para la acumulación.
Marca el paso del Estado neoliberal —que aún fingía neutralidad— a un Estado abiertamente corporativo, donde las élites económicas no necesitan esconder su influencia. BlackRock, como administrador de activos con presencia decisiva en gobiernos, guerras, crisis climáticas y sistemas de pensiones, simboliza esta transformación: el poder real ya no se discute en parlamentos, sino en cenas privadas. El brutalismo aquí es institucional: ya no se justifica la dominación en nombre del bien común, sino de la fuerza. Como en el western, el sheriff no dialoga: dispara primero.
Renata Salecl ha analizado cómo la vulgaridad no es una desviación del discurso político, sino una estrategia de identificación. El líder vulgar se presenta como “auténtico”, “sin filtros”, en oposición a las élites ilustradas. Sin embargo, esta vulgaridad no democratiza el poder: lo concentra.
La humillación pública —especialmente hacia mujeres, minorías o adversarios políticos— cumple una doble función. Por un lado, produce miedo; por otro, genera placer en quienes se identifican con el agresor. Salecl muestra que el sujeto contemporáneo, frustrado y precarizado, encuentra alivio en ver a otro degradado. Así, frases como “cállate” o “bésame el culo” no son simples groserías: son actos performativos de dominación. El poder se afirma no mediante argumentos, sino mediante la reducción del otro a objeto.
Uno de los puntos más inquietantes del brutalismo político es que la psicopatía deja de ser un límite y se convierte en una ventaja competitiva, es el camino al éxito. La ausencia de empatía, la capacidad de mentir sin culpa y la disposición a humillar se valorizan como cualidades de liderazgo.
Desde la sociología del trabajo, esto se conecta con el modelo corporativo contemporáneo: jefes celebrados por despidos masivos, gerentes que gobiernan por miedo, culturas laborales basadas en la competencia permanente. El sujeto exitoso es aquel que no siente, o que sabe instrumentalizar el sufrimiento ajeno.
Berardi sostiene que este modelo produce una epidemia de depresión y ansiedad, pero el sistema responde redoblando la violencia: más presión, más humillación, más brutalidad.
Lo más grave no es que el brutalismo exista en la cúspide del poder, sino que se propaga. El lenguaje del jefe imita al del líder político; el trato al trabajador reproduce la lógica del desprecio; la evaluación constante sustituye al reconocimiento. En este contexto, el trabajo deja de ser solo explotación económica y se convierte en humillación existencial. La precariedad se acompaña de insulto; la inseguridad, de desprecio. La vulgaridad se normaliza como “realismo”.
La sociedad entera se ve afectada: en las redes sociales, en la escuela, en la familia. El brutalismo político genera un ecosistema de crueldad, donde sobrevivir implica endurecerse o aplastar al otro. Es la forma de gobierno adecuada a un capitalismo en crisis de sentido. Cuando ya no puede prometer bienestar, ofrece dominación; cuando ya no puede convencer, humilla.
Frente a esto, Berardi insiste en la necesidad de reconstruir el lenguaje, el cuidado y la sensibilidad como actos políticos. Resistir el brutalismo no es solo oponerse a un líder, sino rechazar la normalización de la crueldad en todas sus formas.
El uribismo constituye uno de los ejemplos más acabados de brutalismo político en clave latinoamericana. Álvaro Uribe Vélez rara vez recurre a la grosería directa, bueno aunque “te rompo la cara marica” o “Esos hp nos están escuchando” son parte de su legado; su brutalismo es moral y simbólico. A través de expresiones recurrentes que dividen el campo político entre “gente de bien” y “enemigos de la patria”, se construye una lógica binaria que despoja de legitimidad ontológica al adversario.
La crueldad aquí no se expresa en el insulto vulgar, sino en algo más profundo: la indiferencia frente al sufrimiento “no estarían cogiendo café” para ignorar lo falsos positivos, la naturalización de la muerte y la idea de que ciertos cuerpos son sacrificables en nombre de la seguridad y el mercado.
En el debate público actual en Colombia, figuras como Polo Polo, Abelardo de la Espriella y María Fernanda Cabal son exponentes de un brutalismo político que privilegia la confrontación y la amenaza sobre el argumento. La burla a la lucha de las madres de Soacha por parte de Polo Polo; y, la sentencia de Abelardo de la Espriella “voy a destripar a la izquierda” en un país que padeció un genocidio político por cuenta del exterminio de la Unión Patriótica dan cuenta de ello.
Lo más alarmante, como advierte Berardi, es que este brutalismo educa. Enseña a odiar, a despreciar, a desconfiar del otro. En Colombia, una sociedad marcada por décadas de guerra interna, este discurso reactiva pulsiones autoritarias profundamente arraigadas.
La vulgaridad discursiva de la derecha reaccionaria no es solo una estrategia electoral: es una pedagogía de la crueldad que se filtra en la vida cotidiana, en el trato laboral, en las redes sociales, en la familia. Humillar se vuelve legítimo; mandar, más importante que cuidar.
Mientras el éxito siga asociado a la psicopatía y el poder a la humillación, la democracia será una entelequia. La tarea urgente es reaprender a hablar sin destruir, a ejercer poder sin agredir. Pensarnos un orden social donde la dignidad no sea una debilidad, sino el fundamento de lo común.
Carlos Guarnizo
Foto tomada de: La Silla Vacía

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